La señora Beatriz trataba a Rosa como a alguien de la familia, así que ella jamás haría algo para dañarla.
—Un momento. ¿Estás diciendo que desde que la abuela volvió ha estado tomando un tónico especial todos los días? ¿Y que se lo preparaba Valeria? —Alba interrumpió a Rosa, captando de inmediato el detalle clave.
¡El problema tenía que estar en ese maldito tónico que le servía esta mosca muerta!
—Alba, ¿qué intentas decir? —Valeria no perdió el tiempo y dejó que los ojos se le llenaran de lágrimas, hablando con la voz entrecortada.
—¿Acaso tiene algo de malo que le prepare algo a mi abuela? Solo quería consentirla, quería que viviera muchos años más... —Por fuera se veía como la víctima perfecta, pero por dentro el pánico la estaba devorando.
Sin embargo, era una experta en el arte del engaño. En cuestión de segundos ajustó su expresión, fingiendo sentirse difamada, lista para devolver el golpe.
*¡Tranquila!*
*¡No dejes que se den cuenta!*
—¡Suficiente! Si no tienes pruebas, ¡no te atrevas a ensuciar el nombre de Valeria! —estalló Eduardo, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
Quizás los demás no lo sabían, pero él sí: Valeria era su hija biológica, llevaba la sangre de los Moreno.
¿Qué ganaría ella lastimando a su propia abuela?
—Exacto, solo quieres ver arder el mundo.
—Desde que llegaste a esta casa, no hemos tenido un solo día de paz.
Al ver que Eduardo tomaba partido, los hermanos no se contuvieron y empezaron a lanzar insultos para proteger a su hermanita indefensa.
Les hervía la sangre al ver cómo acusaban a su preciada Valeria sin fundamentos.
Pero a Alba le importaban un comino; sus opiniones le daban exactamente igual.
Si esto hubiera pasado antes, tal vez le habría dolido ver cómo todos se ponían del lado de Valeria ciegamente.
Pero a estas alturas, ya los había borrado de su vida.
—Alba, me enteré de que esas medicinas que le das a la abuela no tienen etiqueta, ni se compran en la farmacia, ni las recetó un doctor... ¿No crees que eso es un peligro?
Y, haciéndose la desentendida, soltó su estocada final:
—Recuerdo que la abuela siempre había sido muy fuerte. Qué raro que justo ahora que regresó y empezó a tomar tus pastillas, de pronto...
Aunque no usó la palabra "veneno", su tono dubitativo y su mirada lo decían todo.
Estaba plantando la idea en la cabeza de todos los presentes.
El mensaje era claro: si la abuela había sido envenenada, la culpa era de las misteriosas hierbas de Alba.
Y, tal como Valeria esperaba, el resto de la familia, que aún no entendía qué pasaba, se tragó el cuento entero.
Con la única excepción de Lana, todos voltearon a ver a Alba con ojos llenos de sospecha.

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