¡Esa maldita mujer se había atrevido a golpearlo delante de tanta gente y frente a su propia prometida!
Era la primera vez en toda su vida que Mateo se sentía tan humillado. ¡No lo podía creer!
—¡Cómo te atreves a golpearme! —Su rostro estaba completamente desfigurado por el odio.
El golpe había sido rápido, pero le dolía tanto que tuvo que apretar los dientes.
A simple vista no parecía haberle dejado ninguna marca obvia, pero el dolor era simplemente insoportable.
Lo que él no sabía era que Alba conocía a la perfección la anatomía humana.
Sabía exactamente dónde y cómo golpear para infligir el máximo dolor sin dejar huellas evidentes.
—Eres idéntico a Isaac. Si ya te pegué, es obvio que me atrevo, ¿para qué haces preguntas estúpidas?
Al ver que él seguía con esa actitud provocadora, como si estuviera rogando que le pegaran, Alba no dudó en complacerlo y le dio otras dos bofetadas.
—Llevaba muchísimo tiempo queriendo darte tu merecido. Y si me preguntas es porque seguro te gusta, así que no me voy a contener.
Dicho eso, le dio otra patada. Mateo perdió el equilibrio y cayó de sentón en el sofá, agarrándose el estómago con una mueca de agonía.
Al ver la escena, Valentina se tapó la boca y abrió los ojos de par en par.
¡Alba era increíble!
En el fondo, ella misma había sentido ganas de golpear a Mateo y a Valeria en múltiples ocasiones, pero su sentido común y su educación siempre la frenaban.
Alba también era una mujer educada e inteligente, pero no dudaba en defenderse.
Tal como ella había dicho: uno debía hacer lo que le hiciera feliz, y mientras se tuviera el respaldo y la capacidad para hacerlo, no había por qué aguantar tonterías de nadie.
—Alba, tú... ¡¿cómo te atreves a golpear a Mateo?!


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