Mientras Valeria usaba un tono dulce para manipular a sus fans y hacer que vigilaran a Alba, contactó en paralelo a varios equipos de cuentas falsas que conocía bien.
Les ofreció una suma generosa de dinero con la condición de que no le quitaran el ojo de encima a Alba; al menor desliz, debían viralizarlo en todas las plataformas.
Valeria también instruyó a sus fans para que prestaran especial atención a Alba y a los artistas de su agencia, ordenándoles que subieran a la red cualquier detalle mínimamente sospechoso.
No tenía la paciencia para vigilar a esa cualquiera las veinticuatro horas del día, pero sus devotos seguidores sí.
Sabía que los fans más jóvenes eran fáciles de manipular y funcionaban como armas perfectas.
Con solo fingir ser cercana, accesible y pedirles favores con dulzura, esta bola de desocupados dejaría de ir a clases o al trabajo con tal de cumplir sus órdenes.
Al pensar en ello, Valeria no sentía ni una pizca de remordimiento por arruinar el futuro de esos jóvenes; al contrario, se sentía poderosa e intocable.
No solo estaba orgullosa de su capacidad de manipulación, sino que ya se saboreaba la imagen de Alba hundiéndose en un mar de escándalos.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
Había que admitirlo: en lo que respecta a atacar a otros famosos, los fans de Valeria eran un reflejo exacto de su ídolo.
Tras recibir las peticiones de Valeria, pasaban los días pegados al celular, ignorando sus estudios y obligaciones.
Vigilaban obsesivamente cada movimiento de Alba y escrutaban a cada talento de su empresa.
Estaban desesperados por encontrar alguna mancha que pudiera eclipsar el escándalo de su amada Valeria.

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