Un hombre del nivel de Liam había asistido a incontables fiestas de élite y había conocido a los mejores mixólogos del mundo.
Ese cóctel no era para tanto.
Claro, considerando que Alba no era una profesional, el resultado era bastante decente.
Pero apenas le había preparado una copa y su amigo ya la estaba idolatrando como si fuera la octava maravilla del mundo.
Definitivamente, este hombre había caído redondito en las redes de esta belleza.
—Alba, ¿qué haces aquí?
El ambiente era perfecto y Alba estaba de muy buen humor, pero al escuchar esa voz repentina e inoportuna, su sonrisa desapareció de golpe.
Al segundo siguiente, vio a Patricio Quintana, a quien no veía desde hacía tiempo, mirándola con una expresión de supuesta preocupación.
—¿Una mujer bebiendo sola en un bar? Es demasiado peligroso. ¡No tienes permitido beber, ¿me escuchaste?!
Alba no sabía con qué derecho ni en calidad de qué se atrevía a hablarle así, pero le arruinó la noche.
Ni siquiera se molestó en mirarlo. Su rostro reflejaba puro asco; no quería ni dirigirle la palabra.
Considerando que Patricio no era ni la mitad de alto ni de guapo que Liam, y ni siquiera le llegaba a los talones a su amigo Luciano, Alba no entendía de dónde sacaba el valor para meterse donde no lo llamaban.
—Alba, ¿me estás escuchando?
Al ver que no solo lo ignoraba, sino que seguía mirando su teléfono como si nada, Patricio sintió una mezcla de furia y vergüenza.
Estaba intentando hablar con ella en público, y ella no solo no le prestaba atención, sino que lo trataba como si fuera invisible.
¡Se sentía tan humillado que quería que la tierra se lo tragara!
—Me preguntaba por qué olía como si hubiera explotado un camión de basura... pero ya veo que fuiste tú quien abrió la boca.

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