Mientras más claro veía el panorama actual, más profunda era la agonía en su pecho, ¡sentía unas ganas inmensas de tirarse de un puente!
—Alba, no perdamos el tiempo hablando estupideces con ellos, esto no nos lleva a nada.
Valentina, que había guardado silencio, se asustó de verdad al ver el rostro de Patricio más rojo de furia y sus ojos inyectados en sangre.
Por muy valiente que fuera Alba, seguía siendo una mujer y no podría defenderse físicamente de él. ¿Qué pasaría si ese loco perdía la cabeza y decidía levantarle la mano?
Lo primordial era alejarse de inmediato de ese hombre fuera de sus casillas.
Con eso en mente, tomó rápidamente a Alba por el brazo y la arrastró hacia la caja registradora, con la intención de pagar y huir de ahí lo antes posible.
—Iremos a comer a otro lado.
No importaba dejar la comida en la mesa, para ella ese dinero no era nada; lo tomaría como una obra de caridad para darles de comer a ese par de infelices.
Alba no puso objeciones y dejó que Valentina se la llevara.
Al fin y al cabo, el show ya había terminado y el hombre estaba al borde de un infarto por la rabia; quedarse ahí más tiempo no tenía sentido.
Viendo cómo se alejaban frente a sus ojos, Patricio intentó hacer un movimiento para detenerla o decirle alguna otra tontería suplicante, pero al final se quedó congelado.
Después de todo, estaba acostumbrado a vivir como el consentido señorito, a que todos lo adularan y le dieran la razón.
Y tras ser brutalmente humillado con esa comparación, su orgullo no le permitía dejarlo todo tirado y salir corriendo detrás de ella.
Detrás de él, Mateo, que había estado tapándose la boca para reírse en secreto y disfrutando del espectáculo, borró la sonrisa de su rostro y le dio una palmada en el hombro con genuina lástima.
—No te quedes ahí parado como estatua, sacúdete el polvo. A lo sumo dejas pasar un tiempo y luego vuelves a insistir para convencerla.
Mateo era el primero en animar a ese imbécil a que intentara reconquistar a su propia hermana.
La razón principal era que él también quería recuperar a Valentina, pero no tenía ganas de sufrir el rechazo y la humillación él solo; tener a alguien acompañándolo en el fondo del abismo le parecía una idea fantástica.
Todo perfecto.
—¿De verdad crees que tengo posibilidades de que Alba regrese conmigo? —Patricio lo miró lleno de dudas.
Por alguna razón sentía que ese infeliz no era precisamente un buen samaritano que lo estaría apoyando por amor al prójimo.
Después de ordenar, tomó asiento en el lugar con el mayor descaro del mundo.
—¿Qué haces sentándote aquí? Toda esta comida fue la que ellas dejaron —Patricio no entendía absolutamente nada.
—¡Por eso mismo me siento aquí! Comer la comida que pidió Valen me hace sentir como si la hubiera ordenado exclusivamente para mí, ¿no crees que es una sensación maravillosa?
—¿Eh? Visto así... creo que tienes razón.
Patricio, como si le hubiera caído un balde de agua fría, recapacitó y de inmediato se sentó frente a él, empezando a devorar la comida que Alba había dejado.
Ahí estaban los dos, comportándose como un par de muertos de hambre sin mundo, comiendo los sobrantes y platos que alguien más había tocado, como si estuvieran disfrutando de un banquete celestial.
Por dentro, pensaban felices: *Claro, fue un gesto que ellas tuvieron al ordenar la comida para nosotros.*
En ese instante, los dos hombres, sin saber quién le contagió la locura al otro, sintieron que su estado de ánimo había mejorado considerablemente.
Sin embargo, a un par de mesas de distancia, dos mujeres que no habían perdido detalle de la escena los miraban. Una de ellas volteó los ojos con desprecio rotundo.

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