La razón principal era que quería congraciarse con Silvia Jiménez.
La gala de esa noche era de investigación y ciencia; los asistentes eran todos peces gordos del mundo de la medicina y la tecnología.
Puesto que Silvia había logrado entrar al Instituto de Investigación 01, las probabilidades de que fuera invitada eran altísimas.
Seguro la habían invitado; la cosa era si ella quería asistir o no.
Ante las duras palabras de Liam, Silvia sintió un sabor amargo en la boca.
A fin de cuentas, siempre había sido la niña de los ojos de su familia, la chica perfecta a la que siempre le servían en bandeja de plata todo lo que deseaba.
Y ahora, él la estaba rechazando públicamente con tanto asco, como si fuera una apestada.
Por muy educada y refinada que fuera Silvia, no pudo evitar que un atisbo de pena se reflejara en su rostro.
Bárbara adoraba a su prima con locura, y nada le dolía más que verla sufrir.
Estaba desesperada, pero al mismo tiempo muerta de miedo.
Porque el hombre frente a ellas era Liam Góngora, y con él no se jugaba.
Después de todo, él no era como los demás; no le tenía miedo a nadie y no había nada que no se atreviera a hacer.
Además, tenía el poder suficiente para respaldar sus palabras, por eso ella no se atrevía a desafiarlo.
Bárbara ardía de impotencia desde la barrera, con los ojos inyectados en sangre, dándole vueltas al asunto en su cabeza.
Entonces, su mirada se cruzó con Alba y una idea relampagueó en su mente.
Echó un vistazo furtivo a su alrededor, trazando un plan.
Casualmente, una silueta se acercaba hacia ellos en ese momento.
Apenas la persona estuvo lo suficientemente cerca, Bárbara corrió a saludarla con una enorme sonrisa.
—¡Doña Susana! ¡Cuánto tiempo sin verla! ¡La he extrañado muchísimo!
—Vaya, sí que ha pasado un buen tiempo. Mírate, Bárbara, ya estás hecha toda una señorita.


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