Apenas salió del jardín, Yolanda se sumergió en sus pensamientos. Llegó a la zona de los pasillos y, sin siquiera despedirse, dio la vuelta y se metió directo a una de las galerías techadas.
Esa actitud fría y distante era totalmente opuesta a la niña cariñosa que acababa de estar en el salón principal.
Ernesto se quedó en silencio, viéndola alejarse.
El comportamiento de la señorita Aguirre el día de hoy era verdaderamente desconcertante. Si estaba actuando de corazón, qué bueno, pero si alguien le estaba metiendo ideas en la cabeza...
La mirada de Ernesto se volvió sombría. Ser tan calculadora a una edad tan corta no era una buena señal.
Justo cuando estaba sumido en sus pensamientos analizando a Yolanda, vio que la niña se detenía en seco. Antes de que él pudiera reaccionar, ¡la vio lanzarse de cabeza contra una de las columnas de caoba del pasillo!
Ernesto sintió que el corazón se le salía por la boca. Palideció del susto y salió corriendo hacia ella.
—¡Señorita Aguirre!
Yolanda no estaba intentando quitarse la vida. Solo quería comprobar si todo esto era un sueño. Si lo era, al menos ya había visto a su abuelo y tenía que despertar; no podía darse el lujo de vivir en una fantasía.
Pero si no lo era...
—¡Señorita Aguirre! —Ernesto la agarró del brazo y la ayudó a sentarse, mirándola con una mezcla de enojo y angustia—. ¿Qué está haciendo? ¡No puede andar jugando con estas cosas!
—¡Ay! —se quejó Yolanda, agarrándose el tremendo chichón que le salió en la cabeza. Aunque no se pegó para matarse, sí se dio con ganas. Sus pupilas se contrajeron. ¡No había regresado al mundo real!
Tras unos segundos de aturdimiento, dio un brinco y lo miró con una mezcla de sorpresa y defensiva.
—Ernesto, ¿sigues aquí?
El mayordomo no entendía qué estaba pasando e hizo un sonido de frustración.
—Señorita Aguirre, si cree que hacerse la víctima a estas alturas le va a funcionar, solo va a terminar decepcionando más al patrón.
Yolanda desvió la mirada hacia todos lados, le dio un empujoncito y murmuró:
—Me distraje y no vi que había una columna en frente.
Ernesto no supo qué responder ante semejante excusa.
¿Que se distrajo? ¡Si él mismito la vio tomar vuelo!
Yolanda no tenía ganas de darle explicaciones, así que se dio la vuelta para irse, pero recordó algo, regresó un par de pasos y le recalcó a Ernesto:
—Ernesto, te juro que fue un accidente.
Dicho esto, salió corriendo por el pasillo.
El mayordomo parpadeó confundido. ¿Qué mosca le picó?
—Señor Castillo. —Para su suerte, en ese momento Valentina venía caminando desde otro de los patios, lista para entrar al jardín.
Ernesto salió de su trance rápidamente.
—Señorita.
El abuelo Castillo había tenido tres mujeres en su vida, dándole un total de cinco hijos y dos hijas.
Su primera esposa, Laura Navarro, era de ascendencia extranjera y tenía un cuarto de sangre de la República de Valdoria. Pero el anciano no sentía nada por ella. Laura no pudo darle hijos en sus primeros cinco años de matrimonio, así que no le quedó más remedio que hacerse la de la vista gorda y dejar que su esposo tuviera amantes. De ahí surgió la segunda familia.

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