Andrés ya estaba enterado de que Yolanda había empujado a Carmen por las escaleras. Aunque la adoraba, no estaba dispuesto a dejar pasar algo así.
Tenía planeado ponerle una cara seria y darle una lección severa, pero apenas se dio la vuelta, vio a Yolanda corriendo hacia él, llorando como Magdalena. Esa forma tan tierna de buscar refugio en sus brazos era capaz de derretir un corazón de piedra.
—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? ¿Quién te hizo algo? —Andrés mandó sus principios al diablo, se agachó y le habló con la voz más dulce del mundo.
Ernesto se quedó mudo.
¿No era él quien acababa de decir que no debían seguir malcriando a la señorita Aguirre y que era hora de ponerle límites?
Yolanda no podía creer lo que estaba pasando. Miró a Andrés fijamente, examinando cada detalle de su rostro.
—Abuelo, ¿de verdad eres tú? ¿No estoy soñando?
Andrés soltó una carcajada.
—Pues nos acabamos de ver en la mañana, ¿por qué me hablas como si hubieran pasado años?
A Yolanda le ardían los ojos, pero hizo un esfuerzo sobrehumano para no llorar a mares.
No habían sido ni más ni menos que tres largos años.
Ernesto se aclaró la garganta para recordarle al abuelo que no olvidara el propósito de la visita.
El anciano cambió su expresión en un segundo.
—¿Sabes por qué te mandé llamar?
Yolanda aún estaba procesando la emoción y la sorpresa del reencuentro, así que no reaccionó de inmediato.
Andrés pensó que otra vez se iba a hacer la desentendida, y una chispa de decepción brilló en sus ojos.
—Las muchachas me dijeron que tú empujaste a Carmen por las escaleras. Te lo pregunto directo: ¿es verdad lo que dicen?
Desde que la adoptó, Andrés la había consentido en todo. Nunca le levantaba la voz ni le decía cosas feas. Una mirada de enojo como la que tenía en ese momento era algo completamente nuevo para ella.
Yolanda parpadeó y de repente recordó la escena.
En la vida anterior, le había pasado exactamente lo mismo. Valeria había ido a llorarle diciendo que Carmen la estaba molestando. Ella se enojó, fue a reclamarle a Carmen y terminaron peleando en el pasillo. Hasta la fecha no entendía bien qué había pasado, pero de la nada, Carmen rodó por las escaleras.
El abuelo le había hecho la misma pregunta, y aquella vez, por miedo a que la castigaran, le hizo caso a Claudia y mintió, asegurando que Carmen se había tropezado sola. Al final, el abuelo no dijo nada más y el asunto se quedó en el olvido.
Al verla callada y con la cabeza gacha, Andrés asumió que intentaba evadir su responsabilidad y meneó la cabeza para sus adentros.
—Está bien, ya entendí...
—Abuelo... —Yolanda levantó la vista de golpe, interrumpiéndolo.
Tenía los mismos ojos que su abuela: grandes, con la forma perfecta y un negro tan brillante que era imposible apartar la mirada de ellos.
—¿Estás segura? Ya sabes cómo es Carmen, tiene un carácter de los mil demonios. Si quieres que te perdone, te la va a hacer cansada. Y te lo advierto de una vez: como el error fue tuyo, si ella hace algún berrinche, yo no voy a meter las manos al fuego por ti.
La mamá de Carmen era Valentina Castillo, la segunda hija de la familia y, además, la más pequeña de los hijos del anciano.
La familia Castillo había arreglado un matrimonio con la familia Torres, casando a Valentina con el hijo menor, Alejandro Torres. Al año de casados, tuvieron a Carmen. Carmen y Yolanda tenían más o menos la misma edad. Ambas eran las princesitas consentidas de sus respectivas familias, con personalidades caprichosas y explosivas. Andrés sabía muy bien que el pequeño demonio de Carmen no se iba a quedar de brazos cruzados después de haber salido perdiendo contra Yolanda.
Yolanda asintió con firmeza.
—¡Sí, abuelo, ya lo pensé bien!
Para ella, por más berrinchuda que fuera Carmen, ahorita solo era una niña. ¿Qué tanto le podía hacer una niña? Las humillaciones y el trato miserable que soportó durante los tres años posteriores a la muerte de su abuelo; eso sí era una verdadera tortura psicológica.
Andrés le echó una mirada disimulada a Ernesto. El mayordomo captó el mensaje al vuelo y dio un paso al frente en el momento justo.
—Patrón, si me permite, yo puedo acompañar a la señorita Aguirre al Patio de Invierno.
En Villa Castillo, la presencia de Ernesto era casi como la del propio Andrés. Si él iba con ella, por muy berrinchuda que fuera Carmen, no se atrevería a pasarse de la raya. A final de cuentas, el abuelo no quería ver a Yolanda sufrir.
Yolanda movió la cabeza.
—No hace falta. Yo puedo arreglarlo sola.
...

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