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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 14

El cuarto estaba hecho un desastre. Cualquiera pensaría que se acababan de meter a robar.

Una niña con el pelo pintado de colores andaba brincando por todo el cuarto, furiosa y buscando pelea.

—¡Déjenme salir! ¿Esa pinche muerta de hambre de Yolanda se atrevió a molestarme? ¡La voy a agarrar a cachetadas!

El abuelo Castillo tenía en total cinco hijos y dos hijas, pero en toda esa familia tan grande, contando a las nietas de lado materno, solo había tres niñas; los demás eran puros hombres. Como eran pocas, las valoraban de más. Además, el anciano no tenía esa mentalidad machista; a él no le gustaban los niños latosos que solo se la pasaban peleando y ensuciándose, prefería mil veces a las niñas arregladas y bien portadas. Por eso, en la Villa Castillo, a las niñas se les trataba como princesas.

Carmen estaba tan mimada que nunca en su vida le habían hecho una grosería así; era obvio que no se iba a quedar con los brazos cruzados.

A Martina le preocupaba que Carmen hiciera una tontería y terminara peor, así que le estuvo rogando hasta que logró dejarla en su cuarto.

—Carmen, hazme caso. La señora Valentina ya fue a hablar con tu abuelo para aclarar las cosas. Él siempre te ha adorado, no va a dejar que te hagan menos. Pórtate bien, anda... y suelta eso que traes en la mano.

Carmen estaba parada sobre su cama de estilo europeo, con un jarrón de cristal levantado y la cara llena de coraje.

—¡No intentes engañarme! ¡Mi mamá solo piensa en andar con sus novios, a ella ni le importo! ¡Y mi abuelo es un convenenciero! Desde que esa muerta de hambre llegó a la casa, ¡ya ni me pela! Esa escuincla se atrevió a humillarme, ¡voy a ir a darle su merecido!

A Martina le latió la sien de puro estrés al escucharla. Ella había servido en la casa por mucho tiempo y había visto crecer a Valentina y a Carmen, así que su relación con ellas iba mucho más allá de ser una simple empleada.

La niña Carmen que tenía enfrente llevaba un maquillaje exagerado para su edad, usaba una blusa de tirantes y pantalones pegados, y traía las uñas pintadas de negro. Si no estuviera en el Patio Invierno de los Castillo, cualquiera habría jurado que era una rebelde de la calle y no la hija de una familia millonaria.

—Carmen, ¿quién te enseñó a hablar así? ¿Cómo es posible que los Torres te hayan educado de esa forma? —La regañó Martina, entre enojada y triste.

Carmen frunció el ceño y apuntó a Martina con el dedo.

—¿Qué? ¿A poco me vas a querer sermonear tú también nomás por creerte mayor? ¿Por qué no lo hiciste antes? Si no me aguantan, regrésenme con los Torres, ¡de por sí ni quería estar aquí! Y los Castillo me valen, ¡pero no voy a dejar que una limosnera me ande mangoneando! Voy a decirle a mi papá; si ustedes no me defienden, mi familia paterna sí lo hará.

Con apenas doce años, Carmen estaba en una etapa difícil: desafiante, impulsiva y problemática.

A Martina le empezó a doler la cabeza del puro coraje y se llevó la mano al pecho.

—¡Carmen, por favor, entiende!

Carmen soltó una risa sarcástica.

—¿Por qué siempre dicen lo mismo? ¿Acaso soy un perro que tienen de mascota o qué? Desde que nací, lo único que saben decirme es que me porte bien. ¡Pues se los advierto! Si hoy no traen a Yolanda para que me pida perdón como se debe, ¡olvídense de que vuelva a hacerles caso! ¡Nunca más las voy a obedecer!

—Tú... —Martina se puso pálida al ver que no podía razonar con ella.

—¡Órale! Veo que traes mucha energía.

Yolanda se había quedado escuchando un rato afuera, calculó bien el tiempo y abrió la puerta con una sonrisa.

—¡No la dejes ir! —Pegó un grito Carmen a todo pulmón—. ¿Cómo tienes el descaro de venir, Yolanda? ¡Martina, suéltame, le voy a dar una paliza!

Martina ya estaba grande y apenas si podía detener a esa fiera, pero al oírla decir semejantes barbaridades, sacó fuerzas de quién sabe dónde y jaló a Carmen de los brazos hacia atrás.

De por sí Valentina ya tenía mil broncas encima, y si la niña Carmen hacía una locura, ¿con qué cara le iba a dar cuentas a la familia?

—¡Ay! —Gritó Carmen por el dolor. Como no entendía que Martina solo quería protegerla, pensó que todos estaban en su contra, así que del puro coraje se dio la vuelta y le soltó una patada.

Martina, que no se lo esperaba, soltó un quejido, se puso pálida y se cayó al piso.

Yolanda volteó a ver a Carmen; la niña tenía cara de asustada y era obvio que se había arrepentido. Dio medio paso hacia adelante, pero luego se echó para atrás.

Tenía razón. A fin de cuentas, seguía siendo una niña. Nadie nace siendo malvada.

—¿Qué están haciendo aquí?

Justo cuando el ambiente estaba más tenso, Valentina abrió la puerta y entró. Primero le echó un vistazo rápido a Yolanda, luego se fijó disimuladamente en los vidrios rotos en el piso, y finalmente caminó despacio hacia adentro del cuarto.

«¿Valentina?»

Yolanda volteó y cruzó miradas con ella; sintió que la estaba analizando de una forma extraña. Antes de que pudiera entender la expresión en los ojos de Valentina, la mujer pasó a su lado sin voltearla a ver. Cuando estuvieron hombro con hombro, Yolanda pudo oler un perfume muy elegante y agradable.

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