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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 23

¡¿Su hijo?!

Ernesto tardó en asimilarlo; su cara era un poema de sorpresa e incredulidad.

¡Todo el mundo sabía que el presidente del Congreso, el señor Castillo, solo tenía un hijo legítimo! Y para el colmo, era uno de los mirreyes más problemáticos de la República de Valdoria. ¿De dónde diablos había salido este otro?

—Ernesto, guíanos —dijo Renato, con una expresión tan tranquila que parecía no haber notado la impresión del mayordomo.

Ernesto reaccionó de inmediato y recuperó su postura profesional.

—Pase usted, señor.

En realidad, no era de extrañar que Ernesto reaccionara así. Renato tenía una carrera política impecable en la República de Valdoria y la reputación de ser un caballero educado y decente. Él y su esposa, Camila Mendoza, ganaban cada año el título de «pareja modelo» entre los ciudadanos. ¡Nadie se imaginaría que alguien como él tuviera escondido a un hijo ilegítimo ya tan crecidito! Si el chisme fuera de cualquier otro de los Castillo, no habría sido tan explosivo.

Los tres caminaron inmersos en sus propios pensamientos. Apenas entraron al patio, escucharon unas risas cristalinas que venían del pabellón. Eran tan contagiosas que hasta Andrés no podía borrar la sonrisa de su rostro.

Renato observó a las dos personas en el pabellón por un momento y luego le ordenó a Víctor:

—Espérame aquí. —Dicho esto, caminó hacia allá.

Ya estaba oscureciendo. El patio estaba iluminado por lámparas de luz cálida que daban un ambiente tenue.

Víctor se quedó en su lugar. Su mirada atravesó la media luz y se clavó en el anciano del pabellón, que vestía un traje de tela fina y se apoyaba en un bastón con empuñadura en forma de león, mirando con cariño a la pequeña figura a su lado. Ella estaba de espaldas, manoteando y moviéndose toda mientras le contaba algo al anciano.

Poco después, Renato entró al pabellón.

Víctor bajó la mirada, desviando los ojos sin inmutarse.

En el pabellón, Yolanda le estaba contando a Andrés una anécdota divertida de su infancia, sin darse cuenta de que una visita inesperada había llegado por detrás.

—Papá.

Esa voz...

La expresión animada en el rostro de Yolanda se congeló de inmediato.

—Siéntate —le indicó Andrés, señalando el espacio vacío a su lado.

Renato hizo una leve inclinación con mucho respeto y, tras sentarse, miró a Yolanda con una sonrisa:

—Tenía mucho sin verte, has crecido un buen. ¿Te acuerdas de mí?

Yolanda se enderezó despacio, viéndose algo cohibida.

—Señor Castillo.

Renato se desconcertó un poco, pero se rio de forma amable.

—¿Por qué tan formal? Por ahí me dijeron que eras muy desinhibida. Ya que ambos son de la familia Castillo, puedes llamarme igual que Carmen y Jimena.

Yolanda levantó la vista tímidamente, con una mirada temerosa y vacilante.

—¿De verdad puedo?

Renato la animó con paciencia:

—Claro que sí.

Yolanda sonrió con timidez:

En medio de la sala principal del patio, el muchacho vestido de negro estaba inclinado, oliendo suavemente una rosa en un macetero que apenas iba a florecer.

El chico tenía la mirada baja, con unos ojos brillantes y cálidos. Al sentir que alguien lo observaba, levantó la vista lentamente; en ese instante, alzando despacio la mirada con una calma casi hipnótica.

Yolanda se quedó sin expresión, parada en el corredor, observando al muchacho bañado por la luz de la luna.

Más tarde, en la alta sociedad de la República de Valdoria, se haría famosa una frase: «Ninguna mujer puede sostenerle la mirada a Víctor por más de tres segundos». Porque a los tres segundos, caías rendida y estabas dispuesta a entregarle tu alma.

Un segundo, dos segundos, tres segundos...

Yolanda levantó una ceja y aguantó diez segundos sin sudar.

Pero, para Ernesto, la escena se vio muy diferente. ¿Qué le pasaba a la señorita Aguirre? No tenía nada de disimulo. ¡Apenas veía a alguien guapo y se le iban los ojos!

—Ejem... Señorita Aguirre, ya es tarde, es hora de regresar. —Todos los jóvenes de Villa Castillo representaban la imagen de la familia. Ernesto de verdad empezaba a sospechar que si no la interrumpía, la señorita se le iba a echar encima al muchacho de la pura emoción.

—¿Ah? Sí, claro. —Yolanda sonrió avergonzada y desvió la mirada con total naturalidad—. Ernesto, es que el viento me metió tierra en los ojos. —Dicho eso, empezó a tallarse un ojo exageradamente.

Ernesto le echó una mirada disimulada al joven bajo la luna y pensó: «Sí, claro, un ventarrón tremendo».

—Vámonos —le dijo. Como a las niñas a esa edad les daba pena todo, Ernesto no la delató. Solo le dio un leve asentimiento a Víctor y continuó guiando el camino.

—Sí —Yolanda lo siguió obedientemente mientras seguía tallándose el ojo. No bajó la mano hasta que estuvieron fuera de la propiedad.

A Ernesto le dio risa; de pronto pensó que esa forma tan burda de querer ocultar las cosas por parte de la señorita Aguirre era, a su manera, bastante tierna.

Víctor retiró la mirada tranquilamente. Su expresión volvió a ser pacífica mientras contemplaba la rosa frente a él. Al cabo de un rato, quién sabe qué pensó, pero una sonrisa inescrutable apareció en su rostro.

La gente de la familia Castillo sí que era rara. ¡¿Quién se talla el ojo con el dedo de en medio?!

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