De vuelta en el pabellón, en cuanto Yolanda puso un pie fuera del jardín, el semblante del anciano se oscureció. Golpeó el suelo con su bastón, le apuntó directamente a Renato y le ordenó:
—¡Baja la mirada cuando te estoy hablando!
Renato palideció; sin atreverse a decir una sola palabra, bajó la mirada y se quedó quieto.
—Papá.
El anciano ya no tenía ni una pizca de la amabilidad de antes. Su mirada cortaba como una navaja:
—No me llames papá. Yo no tengo a un hijo tan desgraciado.
Renato no se atrevió a contradecirlo y, con la voz temblorosa de la humillación, respondió:
—Papá, por favor cálmate. Fui un inútil y solo les he traído problemas a ti y a la familia.
El anciano cerró los ojos, fastidiado de tener que verlo, y golpeó el suelo con su bastón.
—Más de treinta vidas... ¿Cómo fueron capaces de hacer algo así?
Renato ni siquiera levantó la mirada.
—Papá, yo manejé mal las cosas. Te juro que jamás me imaginé que Camila estuviera tan loca como para pagarle a alguien para incendiar el lugar, todo por matar a Víctor y a su madre. Papá, se estaba vengando porque mandé a Esteban al extranjero.
—¿Y todavía tienes el descaro de decirlo? ¡Cuántos hombres poderosos no han caído en la ruina por culpa de los escándalos en su propia casa!
Andrés entrecerró los ojos y cambió de tema de golpe:
—No sé con quién se ha estado codeando la familia Mendoza estos últimos años, pero están creciendo rapidísimo. Si siguen así, ya no hablemos de los Torres o los Ramírez, ¡hasta a los Castillo nos van a hacer menos!
El rostro de Renato se tensó.
—Mientras los Castillo te tengan a ti al mando, esos mocosos de los Mendoza no nos llegarán ni a los talones.
Andrés bufó indignado.
—¿Que no nos llegarán a los talones? San José es la ciudad portuaria más grande de la República de Valdoria, y tu mujer mandó incendiar todo un monte nada más para matar a una amante. Se llevó por delante a más de treinta personas de la zona residencial sin el menor remordimiento. ¡¿Y todavía dices que no son una amenaza?!
Un mes antes, una noticia había sacudido a San José: un incendio provocado en una mansión de la zona residencial le había costado la vida a treinta y cinco personas inocentes que murieron asfixiadas por el humo y calcinadas por las llamas.
A Andrés se le quebraba la voz del coraje.
—Con razón ustedes dos son marido y mujer. Uno es un desgraciado y la otra una psicópata. ¡¿De verdad creen que pueden hacer lo que se les dé la gana?!
—¡Papá! —Renato no podía aceptar esa culpa e intentó justificarse—. No tuve otra opción. Los Mendoza tienen mucho poder ahorita, y Camila y yo somos un matrimonio frente al público. Si a ella le pasa algo, yo también voy a salir manchado.
Al escuchar eso, a Andrés le ardió más la sangre.
—¿O sea que el hecho de que tu mujer ande matando gente también fue con tu permiso?
Renato sintió una punzada de pánico y lo negó de inmediato.
Parecía alguien que sabía cuál era su lugar.
El anciano volvió a mirar a Renato y su expresión volvió a ser de total repulsión:
—No me digas eso. ¿Te das cuenta de la clase de monstruos que criaste en tu propia casa?
Renato hizo una mueca. Él y Camila también tenían un hijo, Esteban. Hacía tres años, por andar jugando carreritas y apostando de forma ilegal, Esteban había provocado un accidente en la carretera con dos muertos y un herido. Después de eso, el abuelo lo obligó a largarse a Brisanda a estudiar.
—Papá, Víctor no es como Esteban. Camila siempre ha tenido el pendiente de que Víctor le quiera pelear la herencia a Esteban, y por eso está aferrada a no dejarlo en paz. Pero yo conozco a Víctor, desde chico ha sido obediente y tranquilo, no tiene la menor intención de pelear con él. Si no fuera por este relajo, ahorita ya sería estudiante de la preparatoria del Consorcio Internacional.
El Consorcio Internacional era una alianza de preparatorias en Brisanda donde solo estudiaban los mejores alumnos de todo el mundo. A diferencia de las escuelas normales, la gran mayoría de sus graduados se iban directo a centros de investigación y, aunque les fuera mal, terminaban siendo figuras de renombre en sus respectivos campos.
Aunque los chicos de los Castillo no solían irse por el camino académico ni hacer exámenes de admisión, el hecho de tener un lugar asegurado en esa preparatoria dejaba en claro que Víctor estaba muy por encima de los jóvenes de su edad.
El anciano levantó una ceja.
—¿Así que al que criaron en casa con todos los lujos resultó ser una lacra de lo peor, y al que dejaron tirado en la calle resultó ser un genio? Vaya que tienes talento para ser padre.
Renato ya no sabía dónde meterse de la vergüenza.
—Papá, por favor, ayúdame esta vez.
Andrés se quedó pensando un momento y agitó la mano.
—Llámale al muchacho para que hable con él.

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