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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 25

Renato al fin sintió que le regresaba el alma al cuerpo y, apoyándose, se acomodó la postura.

—Ahorita vengo, papá. —Salió del pabellón casi cojeando por el entumecimiento.

El joven seguía admirando las flores en el patio. Renato se acercó y le dijo algo. Fue hasta entonces que el chico levantó la cabeza y miró hacia el pabellón con lo que parecía ser una grata sorpresa.

Sus ojos eran cristalinos y transparentes, con esa inocencia y pureza que solo tienen los jóvenes. Andrés bajó la mirada, acariciando en silencio la cabeza de león en la empuñadura de su bastón.

—Papá —Renato entró al pabellón junto a Víctor—. Te presento a Víctor.

Víctor bajó la cabeza con respeto.

—Señor.

Andrés le dio una mirada rápida a Renato antes de clavar los ojos en Víctor:

—Levanta la cabeza, deja que te vea.

Víctor obedeció. Sus facciones eran de una elegancia innegable.

Andrés concentró su mirada y dijo con tono casual:

—Tiene porte. Hace rato, de lejos y con mi vista cansada, juraba que era Javier el que había llegado.

Javier era hijo de la rama mayor de la familia, y el anciano lo tenía en un pedestal por encima de todos sus demás nietos. Al mencionarlo en ese momento, era evidente que Víctor le había causado una buena impresión.

A Renato se le quitó un enorme peso de encima.

—Papá, ¿entonces aceptas?

El abuelo agitó la mano.

—Tranquilo. Tú vete a esperar al salón de atrás; hay un par de cosas que necesito platicar con él a solas.

Renato hizo una pausa y miró a Víctor con cierta incomodidad, pero como era una orden del anciano, no le quedó más remedio que acatarla. Antes de darse la vuelta para salir del pabellón, le dio una suave palmada en el hombro a Víctor.

En cuanto Renato salió del jardín, el anciano habló con lentitud:

—¿Cómo te llamas?

—Víctor —respondió el chico con voz clara, sin prisa ni alteración.

El anciano asintió; mientras más lo veía, más le agradaba.

—¿Cuántos años tienes?

—Quince.

A esa edad, uno ya entiende cómo funciona el mundo.

—¿Escuchaste todo lo que platiqué con tu papá en el pabellón? —preguntó Andrés.

Víctor dudó un segundo y luego asintió.

Víctor no se esperaba esa respuesta.

Andrés reaccionó rápidamente y levantó la vista para analizar al muchacho.

—¿Y bien? ¿Ya pensaste tu respuesta?

Una sonrisa sarcástica se dibujó en los labios de Víctor.

—¿Acaso tengo otra opción? Si me voy de Villa Castillo, no me queda ni la vida.

Andrés negó.

—Los Mendoza tendrán mucho poder, pero no el suficiente para tocar a uno de mis nietos. Tu padre ocultó muy bien lo de ustedes dos; yo me enteré de tu existencia gracias al relajo del incendio en San José. Todavía eres un muchacho, no tienes por qué cargar con las estupideces de los adultos. Así que, sea que aceptes mi trato o no, no voy a permitir que la mujer de mi hijo te ponga una mano encima.

Víctor frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir? No lo entiendo.

—Hay un dicho muy cierto: «Nunca subestimes a alguien que no tiene nada; su historia apenas comienza». Me doy cuenta de que no eres como los demás. Si te dan la oportunidad, tu futuro no tendrá límites. Por eso me veo en la necesidad de hacer un trato contigo antes de que agarres vuelo.

»Claro que no te voy a obligar así nomás a perdonar a la asesina de tu madre en nombre de la familia; eso no sería justo para ti. Así que, como compensación, te llevaré a vivir conmigo y yo mismo me encargaré de ti. Mientras no hagas nada en contra de nuestros intereses, los Castillo seremos tu escudo. Y de la misma forma, si sientes que el rencor es demasiado y no puedes dejarlo pasar, te conseguiré una nueva identidad para que te vayas lejos de toda esta porquería. Pero te advierto: si algún día regresas por tu cuenta para cobrar venganza, todos los Castillo te tomaremos por enemigo y actuaremos en consecuencia. ¿Entendido?

Víctor alzó la mirada, y sus ojos reflejaron un brillo sereno donde se proyectaba el rostro severo de Andrés.

Justo en ese momento, una ráfaga de viento nocturno barrió el patio principal, haciendo que aquella rosa a punto de florecer se doblara con gracia bajo su peso.

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