Al salir del hospital, Yolanda regresó directo a Villa Castillo.
Esta mansión fue el regalo de bodas que el abuelo Andrés Castillo le dio cuando se casó con Javier. El viejo Andrés incluso le dijo medio en broma que, si algún día Javier se atrevía a tratarla mal o hacerla sentir menos, se mudara a Villa Castillo y lo ignorara, para que se muriera del coraje.-
Pero el abuelo la sobreestimó. Llevaba tres años viviendo ahí y Javier no mostraba ni la más mínima preocupación.
Casi todos los empleados de la mansión se habían ido. Los únicos que quedaban eran doña Paula, el chofer y algunos jardineros que cuidaban la propiedad.
—¿Ya regresó, señora? —Doña Paula estaba preparando sopa en la cocina y salió a recibirla en cuanto escuchó ruido.
—Sí. —Yolanda tenía un aspecto desanimado.
Doña Paula le recibió el bolso, con cara de preocupación. —¿Cómo le fue? ¿Qué dijo el doctor?
Yolanda respondió con un tono indiferente: —Ese matasanos dice que estoy bien.
Doña Paula solo sabía que Yolanda había ido a consulta, pero no que se trataba de un psiquiatra. Al escuchar que estaba bien, soltó un suspiro de alivio. —Qué bueno que no es nada. Supe que Carmen también está en el Hospital Privado Monterra, ¿fue a verla, señora? ¿Se encontró con el señor Castillo?
A Yolanda le dio flojera explicarle; ya estaba harta de la situación, porque hiciera lo que hiciera, nadie le creía. Todos pensaban que solo estaba armando teatros para llamar la atención de Javier.
Al ver que Yolanda no respondía, doña Paula se calló de inmediato. Soltó una risa nerviosa y se agachó para cambiarle los zapatos. Sin embargo, al ver que traía puestos unos tacones color champaña cubiertos de diamantes, se quedó pasmada por un segundo.
Yolanda miró a la mujer a sus pies, con apatía. —Doña Paula, mejor vete tú también.
Doña Paula se quedó de piedra. Levantó la vista hacia Yolanda, sin saber qué hacer. —Señora, ¿hice algo mal? Yo...
Lloviznaba en pleno abril, la temporada perfecta para que las peonías florecieran. El jardín entero era un mar de hojas y colores espectaculares.
Yolanda entró al invernadero, se quitó los tacones y se dejó caer en una silla de mimbre.
Eso era lo que más le gustaba hacer ahora. Mientras se mecía en la silla y admiraba cómo el mar de peonías se movía con la suave brisa primaveral, se sentía increíblemente relajada. Sentía esa paz de quien ya está listo para morirse y dejarlo todo.
De pronto, el sonido de varias notificaciones seguidas rompió la tranquilidad.
El celular sobre la mesa de centro no dejaba de vibrar.
Ella frunció un poco el ceño. Llevaba muchísimo tiempo sin usar el celular; de hecho, apenas lo había prendido y puesto a cargar para salir, y se le olvidó apagarlo cuando regresó del hospital.

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