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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 34

Al ver eso, Camila se enfureció tanto que quiso volver a irsele encima, pero Renato, aún con la cabeza gacha, la agarró del brazo, como si tuviera ojos en la nuca.

Yolanda estaba disfrutando del espectáculo, así que le dio mucha lástima tener que dejar su pan cuando los mandaron a salir.

Recordaba que en la línea temporal pasada, todo había ocurrido exactamente igual.

Tras el berrinche de Camila, el abuelo había mandado a todos los jóvenes a la sala de estar de la villa.

Antes de salir de la casa, Claudia le había advertido explícitamente que no se juntara con Víctor.

Le dijo que las hijas de los Aguirre ya estaban ahí de arrimadas, y que si además se hacían amigas del hijo ilegítimo, la familia Castillo las despreciaría aún más.

Yolanda se grabó muy bien las palabras de Claudia, por eso siempre trató a Víctor con asco y desprecio.

Como si se le hubiera prendido el foco, Yolanda comprendió algo de repente y volteó a ver a Valeria.

A diferencia de ella, Valeria miraba a Víctor con genuina lástima y ternura.

Yolanda sonrió con sarcasmo; enamorarse de un hombre siempre empezaba por sentir pena por él.

Parecía que no se había equivocado: Claudia les había asignado misiones totalmente diferentes a ella y a Valeria.

Mientras tanto, Claudia ni siquiera se acordaba de Yolanda.

Lo lógico habría sido que, al ser una extraña, ella también se retirara para darles privacidad, pero como Andrés no le ordenó salir, no se atrevió a moverse.

Ninguno de los Castillo era una perita en dulce, y saber de más solo le traería problemas.

Sentía que estaba al borde del colapso.

Cuando Ernesto se llevó a los jóvenes, los guardaespaldas también salieron de la sala principal.

Alguien cerró las imponentes puertas desde afuera.

El inconfundible sonido del seguro al cerrarse hizo que a todos se les encogiera el corazón.

Nadie se atrevió a soltar ni un suspiro y, como si se hubieran puesto de acuerdo, regresaron a sus asientos.

Andrés apoyó ambas manos en su bastón, frotando suavemente la piedra incrustada en la empuñadura con el pulgar.

—Camila, aquí ya no hay extraños. Vuelve a repetir lo que acabas de decir.

El corazón de Camila dio un vuelco.

Se echó a llorar, suplicando.

—Papá, yo... hablé sin pensar porque estaba muy alterada, se me fue la boca, yo...

—Ya que lo tienes bien pensado, no voy a intentar convencerte de lo contrario. Que así sea.

¡¿El patriarca de verdad acababa de aceptar?!

Las familias del primer y segundo hermano se miraron entre sí, desconcertadas.

Después de que su tío falleciera, el abuelo había puesto todo su empeño en preparar a Renato.

¡A la familia Castillo le había costado sangre, sudor y lágrimas posicionarlo en la cima, y ahora iban a dejar que lo echara todo por la borda!

Pero en la familia Castillo, nadie tenía el valor para cuestionar las órdenes de Andrés.

Si él ya lo había aprobado frente a todos, la decisión era definitiva.

Andrés se levantó, barriendo con la mirada a todos los presentes.

—Son una bola de dolores de cabeza. Ninguno de ustedes sirve para nada.

Acostumbrados a los regaños, los demás bajaron la cabeza y no dijeron ni pío.

—Ya que están todos aquí, quédense a cenar —ordenó Andrés—. Le dije a la cocina que preparara caldo de médula a ver si así se les despierta un poco el cerebro.

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