Al ver eso, Camila se enfureció tanto que quiso volver a irsele encima, pero Renato, aún con la cabeza gacha, la agarró del brazo, como si tuviera ojos en la nuca.
Yolanda estaba disfrutando del espectáculo, así que le dio mucha lástima tener que dejar su pan cuando los mandaron a salir.
Recordaba que en la línea temporal pasada, todo había ocurrido exactamente igual.
Tras el berrinche de Camila, el abuelo había mandado a todos los jóvenes a la sala de estar de la villa.
Antes de salir de la casa, Claudia le había advertido explícitamente que no se juntara con Víctor.
Le dijo que las hijas de los Aguirre ya estaban ahí de arrimadas, y que si además se hacían amigas del hijo ilegítimo, la familia Castillo las despreciaría aún más.
Yolanda se grabó muy bien las palabras de Claudia, por eso siempre trató a Víctor con asco y desprecio.
Como si se le hubiera prendido el foco, Yolanda comprendió algo de repente y volteó a ver a Valeria.
A diferencia de ella, Valeria miraba a Víctor con genuina lástima y ternura.
Yolanda sonrió con sarcasmo; enamorarse de un hombre siempre empezaba por sentir pena por él.
Parecía que no se había equivocado: Claudia les había asignado misiones totalmente diferentes a ella y a Valeria.
Mientras tanto, Claudia ni siquiera se acordaba de Yolanda.
Lo lógico habría sido que, al ser una extraña, ella también se retirara para darles privacidad, pero como Andrés no le ordenó salir, no se atrevió a moverse.
Ninguno de los Castillo era una perita en dulce, y saber de más solo le traería problemas.
Sentía que estaba al borde del colapso.
Cuando Ernesto se llevó a los jóvenes, los guardaespaldas también salieron de la sala principal.
Alguien cerró las imponentes puertas desde afuera.
El inconfundible sonido del seguro al cerrarse hizo que a todos se les encogiera el corazón.
Nadie se atrevió a soltar ni un suspiro y, como si se hubieran puesto de acuerdo, regresaron a sus asientos.
Andrés apoyó ambas manos en su bastón, frotando suavemente la piedra incrustada en la empuñadura con el pulgar.
—Camila, aquí ya no hay extraños. Vuelve a repetir lo que acabas de decir.
El corazón de Camila dio un vuelco.
Se echó a llorar, suplicando.
—Papá, yo... hablé sin pensar porque estaba muy alterada, se me fue la boca, yo...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA