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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 41

—¡Lárguense! ¡Déjenme en paz!

Valentina apenas entró al patio Invierno cuando escuchó los gritos de su hija desde la sala principal.

Suspiró y entró a la habitación.

—Salgan todos, por favor.

Al verla, Carmen corrió a abrazarla, haciéndose la víctima.

—Mamá, mi abuelo es un injusto. Me quiere mandar a Los Laureles. Mamá, no quiero irme a ese pueblito perdido, ¿me llevas contigo? Quiero regresar con los Torres.

Valentina ya sabía lo que había pasado en la sala de estar. Le acarició la frente con suavidad.

—Hazle caso a tu abuelo. Le diré a Martina que te acompañe.

Carmen la miró incrédula y la empujó con la furia de alguien fuera de sí.

—¡Claro que no! ¡Mi apellido es Torres, no Castillo! ¡Quiero regresar con los Torres!

Valentina no se lo esperaba y casi se cae, pero por suerte Carlos llegó a tiempo para sostenerla.

Carlos era el mayor de los hermanos de esa rama y siempre había tenido autoridad sobre los más jóvenes. Al ver que Carmen se atrevía a empujar a su madre, se enfureció.

—¡Carmen! ¡Te estás pasando de la raya! ¿Cómo te atreves a tratar así a tu madre? ¡Pídele perdón ahorita mismo!

Carmen ya había perdido los estribos por completo y empezó a aventar cosas mientras lloraba a gritos.

—¡Perdón, perdón! ¡Siempre quieren que pida perdón! ¿Por qué nunca me preguntan qué es lo que quiero? ¡Pues no le voy a pedir perdón! ¡Nunca! ¡Prefiero morirme!

Se escuchó un estruendo cuando un florero se hizo añicos a los pies de Carlos.

A Carlos se le endureció el rostro. Dio un paso, dispuesto a ponerle un alto, pero Valentina lo detuvo. Él la miró molesto.

—Ustedes la echaron a perder. Si no le ponen un alto ahorita, ¿qué va a ser de ella mañana?

Valentina miró a Carmen, al borde del colapso, con una mezcla de dolor y cansancio.

—Déjala que se calme.

Marco le dio la razón y le palmeó el hombro a su hermano.

—Las niñas no son iguales que los niños. ¿A poco crees que es como con tus dos chamacos, que si no hacen caso les das unos cintarazos?

Ante ese comentario, los otros dos se pusieron serios de inmediato.

***

En la sala principal de El Jardín soplaba una brisa fresca y el café ya se había enfriado. Andrés estaba sentado a solas en un elegante sillón de caoba, perdido en sus pensamientos. A su lado descansaba un peluche de lobo que desentonaba por completo con la seriedad del lugar.

Ernesto entró a la terraza y echó un vistazo al peluche.

—Señor, la señorita Yolanda no regresó a su casa. No me dejó acompañarla, pero por el rumbo que tomó, creo que se fue al patio Invierno.

Andrés parpadeó, sorprendido. De pronto recordó la mirada con la que Yolanda se había despedido de él; esa expresión tan cálida y confiada le hizo pensar que quizá la muchacha por fin había entendido lo que él quería hacer por ella.

—¿Cree que haya algún problema, señor? ¿Quiere que mande a alguien a checar?

Andrés negó con la cabeza.

—Que los jóvenes resuelvan sus propios problemas. Si les resolvemos todo, los hacemos de cristal. —De pronto, se acordó de algo y su rostro se endureció—. ¿Ya investigaste lo de su casa?

—Sí —asintió Ernesto, y al recordar algo más, su semblante cambió ligeramente—. Señor, hay otra cosa... sobre la propiedad...

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