Carmen se quedó callada, clavándole la mirada a Yolanda. Su sentido común le decía a gritos que esa chamaca era una estafadora y que no debía creerle ni media palabra.
Pero...
Sus pies la traicionaron y se acercó a ella.
Yolanda se quedó ahí sentada, dejándose analizar sin parpadear.
Carmen dudó un momento y, arrastrando su orgullo, se sentó a su lado.
—Sigo sin creerte. A ver, dime otras cosas para comprobar.
Yolanda volteó a verla.
—Tú pregunta.
—Algo de ahorita. ¿Qué nos van a servir de cenar al rato?
Yolanda frunció el ceño en completo silencio. ¿Ella cómo iba a saber eso?
Carmen soltó un suspiro de alivio.
—Bueno... Cuando entre Martina, ¿va a dar el primer paso con el pie derecho o con el izquierdo?
Yolanda se quedó sin palabras ante semejante tontería.
—¡Lo sabía! —A Carmen le brillaron los ojos de emoción y se dio una palmada en la pierna—. ¡Eres una vil mentirosa!
Yolanda negó con la cabeza sin poder creerlo.
—Carmen, neta, ¿no te da para más? ¿Tienes a alguien que ve el futuro y le preguntas esas babosadas?
Al sentirse insultada, Carmen volvió a brincar y empezó a escupir saliva de los gritos.
—¡No seas igualada! ¡No se te olvide que tú fuiste la peor de la escuela en el último examen! ¡Y aparte! ¿De qué te sirve ver el futuro si no sabes ni lo que vamos a cenar? Ay, muy listilla tú, inventando cosas que van a pasar en cinco años porque sabes que no te puedo desmentir ahorita.
Yolanda la miró inexpresiva. Sentía que Carmen no podía ser más obvia en su estupidez.
Ya, equis. ¿Para qué se peleaba con una cabeza hueca? Se limpió las gotas de saliva de la cara y habló con pesadez:
—No manches, una habilidad así no sirve para adivinar tonterías. Ya que tienes tantas ganas de comprobarlo, te voy a decir algo grande que va a pasar en estos días.
Carmen se cruzó de brazos con cara de: «A ver, síguele con tu teatrito».
Yolanda ya no quería discutir.
—¿Sí sabes que vienen las elecciones para presidente, no?
—¡Uy! —Carmen levantó las cejas con un gesto súper exagerado—. ¿A poco me vas a adivinar quién va a ganar? ¡Por favor, Yolanda! ¿Me ves cara de mensa? Después de todos los políticos que embarraron con lo del incendio de San José, hasta los niños de kínder saben que el próximo presidente va a ser el candidato de los Mendoza. Lo dicen a cada rato en las noticias. ¡Si a esas vamos, yo también soy bruja!
Por muy tonta que fuera, Carmen había crecido rodeada de políticos y empresarios en la capital; sabía mucho más de esos temas que la mayoría de los jóvenes de su edad.
***
Cuando Valentina y sus hermanos llegaron a la casa principal, les avisaron que el abuelo no iba a recibir a nadie. Que les cerraran la puerta en las narices solo les confirmó que la cosa estaba que ardía. Carlos y Marco platicaron rápido y salieron hechos la raya de la mansión. Valentina, con la cabeza hecha un lío, se regresó al patio Invierno.
Ya casi anochecía. Con tanto ajetreo, Valentina se veía destrozada; pero al recordar que todavía tenía a una princesita haciendo rabieta en casa, se obligó a sacar fuerzas de flaqueza.
—¿Martina?
Gritó desde la entrada y al poco rato, el ama de llaves salió corriendo.
—Dígame, señora.
—¿Cómo van las cosas? ¿Ya se fue Yolanda? ¿Carmen sigue con sus corajes?
Martina echó un vistazo hacia las escaleras y contestó en voz baja:
—Quién sabe qué tanto platicaron, pero al ratito de que se fue la señorita Yolanda, Carmen se metió a su cuarto muy tranquilita. Ni gritó ni nada. Hasta me encargó que le hablara cuando estuviera lista la cena.
—¿Ah, sí? —Valentina se sorprendió. Juraba que Carmen se iba a poner en huelga de hambre para no ir a Los Laureles, no se esperaba que se le pasara tan rápido—. ¿Cuánto rato se quedó Yolanda?
Martina hizo memoria.
—Casi nada. Ni diez minutos, yo creo.
Valentina se masajeó las sienes. Bueno, ya qué; con que su hija no estuviera haciendo escándalo, era ganancia.

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