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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 46

Por otro lado, Yolanda salió del Patio de Invierno y regresó directamente al Jardín del Caballo.

En los nueve patios de Villa Castillo, los jardines del León, del Águila, del Ciervo y del Caballo no estaban muy lejos entre sí. Apenas entró al patio interior, vio a un grupo de personas dirigirse hacia el Jardín del Ciervo. Fue entonces cuando Yolanda recordó que, de acuerdo con el desarrollo de la trama, el abuelo había arreglado que Víctor se mudara a ese jardín.

Mientras pensaba en esto, una figura familiar apareció en la esquina del arco: era Valeria, que llevaba una canasta de comida y seguía a la multitud.

Yolanda alzó una ceja, lo pensó un momento y también fue tras ellos.

Hacía mucho tiempo que nadie vivía en el Jardín del Ciervo. Aunque lo limpiaban con regularidad, le faltaba un toque acogedor. Ahora que Víctor se mudaba, el abuelo había ordenado que lo remodelaran por completo, e incluso las plantas del jardín ya estaban a medio podar.

Víctor estaba de pie en el patio, mirando las ramas cortadas bajo sus pies. Tenía una mirada serena y distante; quién sabe en qué estaría pensando.

—Víctor.

Un saludo coqueto lo sacó de sus pensamientos. El joven bajó un poco la mirada y giró la cabeza; sus ojos brillaban de una manera cautivadora, como el reflejo del sol en el agua.

Valeria se sonrojó de inmediato y se armó de valor para acercarse.

—Hola, Víctor. Me llamo Valeria, también soy nieta del abuelo. Mi mamá y yo vivimos justo al lado, en el Jardín del Caballo. Como nos enteramos de que te mudabas hoy, mi mamá preparó unos bocadillos caseros, espero que te gusten.

A diferencia del nerviosismo de la chica, Víctor se mostraba muy relajado. El joven esbozó una sonrisa sumamente cálida.

—Gracias. Mándale saludos a tu mamá de mi parte.

Valeria se quedó deslumbrada, completamente fascinada, y se apresuró a entregarle la canasta.

—Ay, Víctor, no seas tan formal. A partir de ahora seremos vecinos, es normal que nos echemos la mano.

Bajo la luz tamizada de los árboles, el corazón de la chica latía con fuerza, rebosante de ilusión.

—Víctor, no le hagas caso. —Hizo una pausa y se volvió hacia Yolanda—. Hermana, ¿por qué eres tan mala onda? Víctor no te ha hecho nada.

Yolanda se rio. Esa eterna cara de víctima que ponía Valeria hacía que ni siquiera dieran ganas de molestarla. Al principio pensó que se le pegaba a Víctor solo para quedar bien con Claudia, pero ahora resultaba evidente que era ella la que andaba de rogona.

Para evitar que Yolanda siguiera diciendo tonterías, Valeria fingió estar súper ofendida.

—Víctor, ya me voy. Luego vengo a verte. —Y sin esperar respuesta, se tapó la cara y salió corriendo de ahí.

Víctor no tenía ningún interés en los berrinches infantiles. Levantó la vista, le asintió a Yolanda y se dio la vuelta para caminar por el pasillo. El joven tenía una postura impecable y una presencia imponente.

Yolanda se quedó parada en su lugar, observando en silencio cómo él desaparecía entre la luz de la tarde.

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