¿Que corran a los ladrones?
Claudia se quedó pasmada al escuchar esas palabras.
—¿Qué dijiste? —Llegó a pensar que había escuchado mal.
Yolanda levantó la vista y la miró directamente a los ojos.
Desde que había regresado, esta era la primera vez que le sostenía la mirada a Claudia.
—Dije que ya no te necesito.
En el rostro de Claudia primero apareció la confusión y enseguida el resentimiento.
—¿Que ya no me necesitas? ¿Quién fue la que lloraba rogándome que volviera, que me quedara a su lado? ¿Y ahora resulta que ya no me necesitas? ¿Por qué? ¿Solo porque le pasé las cosas de tu cuarto a Valeria? Si hubiera sabido que eras tan malagradecida, jamás me habría importado lo que te pasara.
Yolanda sonrió.
Era cierto que, en el pasado, le había rogado a Claudia que la quisiera. Pero justo por eso, ahora entendía que el cariño rogado era el más falso de todos. Ya no esperaba que Claudia cambiara.
Claudia creyó que, al mencionar el pasado, Yolanda se arrepentiría de inmediato. Pero no fue así. Al contrario, hasta parecía estarse burlando de ella.
—¡Hermana! —Valeria aprovechó el momento para irrumpir en el cuarto—. ¡Si nos corres ahora, serías una malagradecida! Si el abuelo Andrés supiera lo mala que eres, ¡seguro que no te dejaría quedarte! ¡A nadie le gustan las malagradecidas!
La sonrisa de Yolanda desapareció al instante. Alzó ligeramente una ceja y, en un acto inusual, le contestó:
—Tienes toda la razón, a nadie le gustan las malagradecidas.
Ahí estaba otra vez esa expresión. Valeria ya lo había notado: desde el último conflicto entre Yolanda y Carmen, cada vez que Yolanda la miraba, lo hacía como si estuviera viendo a una idiota.
—¿Acaso dije una mentira? ¿Crees que todos son unos descerebrados como tú? Mi mamá y yo somos tu familia más cercana. Por querer aferrarte a los Castillo estás dispuesta a echarnos a la calle. ¿Qué crees que va a decir la gente de ti?
Pero aun así tenía que seguir con su teatro. Con una mirada de profunda decepción, Claudia suspiró.
—Está bien, ya que no puedo controlarte, dejaremos que don Andrés decida quién tiene la razón.
Yolanda no tenía tiempo para su drama, así que desbloqueó su celular y empezó otra partida del juego de la viborita.
La avaricia ciega a las personas. Claudia era tan ambiciosa que ya ni siquiera podía ver la realidad más básica.
Cuando alguien es el consentido, tener la razón deja de importar.
Si el abuelo venía, definitivamente no iba a ser para jugar al juez.
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