—Menos mal que Sebastián reaccionó rápido, tenía miedo de que el agua le cayera a Silvana. No vayas a pensar que lo hizo por ti, Vera, que luego es un papelón —añadió Leo, con una sonrisita a medias.
Sebastián mantenía un rostro inescrutable y no desmintió las palabras de Leo.
Vera lo entendía perfectamente. Si esa olla se hubiera caído, Silvana también habría salido lastimada.
Sebastián no la había salvado a ella; había protegido a Silvana, y ayudarla a ella había sido, simplemente, un daño colateral.
Vera, por supuesto, no se haría falsas ilusiones.
No era tan patética.
Julián, por su parte, se mantuvo en silencio, pero sus ojos rebosaban desdén.
Aunque Vera no sabía exactamente qué estaba pasando, sintió que había algo turbio en el ambiente.
Dio media vuelta para irse, no quería perder su tiempo con esa gente.
Pero, de repente, una mano agarró su muñeca. Sintió los largos y firmes dedos del hombre en su piel; su corazón dio un vuelco. Al girarse, se encontró con la oscura mirada de Sebastián.
La miró fijamente y su voz fría le atravesó el alma como si fuera un puñal.
Dijo: —Pídele perdón a Silvana.
Vera sintió como si le hubieran dado a beber ácido puro; le quemaba el pecho. Enfrentó los ojos de Sebastián con total frialdad: —¿Y por qué habría de hacerlo?
—Creo que sabes muy bien la razón.
A Sebastián parecía molestarle siquiera repetir esos chismes que ensuciaban el nombre de Silvana.
Y entonces, como si no quisiera tener ningún tipo de contacto indebido, soltó la muñeca de Vera con rapidez.
Vera adivinó que lo hacía porque temía que a Silvana le molestara verlos tan cerca.
No era estúpida. Viendo la actitud de todos, enseguida ató cabos.
Seguro Julián les había contado lo que había escuchado decir a Ivonne, y le había echado bastante picante.
Y todos ellos habían planeado esto para emboscarla allí mismo.


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