Vera mantuvo su mirada fija en los cambios de expresión de Sebastián.
En ese instante, el hombre entrecerró levemente los ojos de forma casi imperceptible. Vera no supo si fue su imaginación, pero pareció ver un atisbo de burla en su mirada, tan fugaz que dudó de sí misma.
—¿Tu mayor muestra de carácter es ir corriendo a acusarme con la abuela?— dijo él lentamente.
No estaba claro qué intentaba insinuar.
Pero Vera lo tomó como una burla a su supuesta incapacidad de hacer algo por sí misma sin pedir refuerzos.
—Si funciona, ¿qué importa el método?— respondió Vera sin retroceder un milímetro. —Esa es una de las tantas lecciones que tú me enseñaste.
Sebastián entrecerró aún más los ojos.
La expresión de Silvana también cambió de golpe.
Ella conocía demasiado bien el temperamento de Doña Isabel.
En su juventud, la señora había conquistado el mundo empresarial junto al antiguo presidente de Grupo Zambrano. Su visión y sus métodos eran implacables. Si no fuera porque Sebastián la había estado protegiendo de la furia de Doña Isabel todo este tiempo, Silvana no habría podido soportarlo.
Si Vera regresaba a la casa y exageraba lo sucedido, Doña Isabel sin duda desataría un infierno sobre ella.
¡Vera era una descarada!
¡Usar a la abuela para amenazarlos!
Pero a Vera no le importaba si estaba actuando de forma correcta o no.
Sebastián le había robado el cupo a su propia hija para dárselo al hermano de su amante. No iba a permitir que su hija soportara semejante humillación.
El ambiente se volvió terriblemente incómodo.
Incluso el director, parado a un lado, estaba lleno de dudas.
Con las pocas frases que intercambiaron, se dio cuenta de que la relación entre ellos era sumamente compleja...
¿Quién era la verdadera esposa aquí?
Pero la respuesta fue evidente muy pronto.
Desde tiempos inmemorables, a las esposas legítimas siempre se las hacía a un lado, por eso existía el dicho de que el hombre siempre favorece a la amante por encima de la esposa.
Miró a Vera con lástima.
Estaba más que claro quién era la que no tenía el favor del hombre.
—Olvídalo, a Saulito tampoco le interesa pelear por las sobras de otros—, intervino Silvana de repente. Lanzó una mirada gélida a Vera. ¡Pelearse con Sebastián por un niño de la familia Herrera era una verdadera estupidez!
Ivonne soltó una risita ahogada.
¿Ahora se hacía la noble?
Robaba las cosas de los demás, daba asco con su actitud, ¿y encima decía que no se rebajaba a pelear?
—Que así sea entonces—, sentenció finalmente Sebastián. Una sonrisa cínica asomó en sus labios. Su mirada pasó por encima de Vera y se posó en el director: —Arregle todo como estaba originalmente.

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