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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 177

—Qué trabajadora eres. Pero claro, el mundo es injusto; no todas pueden tener la misma suerte que Silvana.

Ese comentario desató la charla.

Y los demás se unieron con entusiasmo.

—La verdad es que sí. Estos días que no ha venido al laboratorio, he visto todas sus historias en redes sociales. Siempre publicaba fotos de la mano del señor Zambrano. Se ha pasado todos los días con ella en el hospital, cuidándola a todas horas. ¡Me he quedado impresionada!

—Y tanto. Con la posición del señor Zambrano, no es una exageración decir que tiene mil cosas que hacer cada día. Pero lo dejó todo por ella. ¿Cuántos hombres harían algo así?

Las chicas suspiraron: —¿A qué santo hay que rezarle para conseguir un marido así?

Vera no abrió los ojos.

Su cuerpo estaba atrapado entre escalofríos y sudores fríos, un tormento absoluto.

Se cerró el abrigo en silencio.

Pero aquellas palabras se le clavaron en los oídos, una tras otra.

Ella no era Silvana.

En medio de la tormenta, siempre le había tocado aguantar sola.

No podía depender de nadie más.

—Vera, con lo enferma que estás, ¿cómo es que tu marido te deja venir a trabajar? ¿Por qué no está aquí cuidándote?

De repente, la conversación se centró en ella.

Un montón de miradas se posaron sobre el rostro pálido de Vera.

Algunos miraban por simple curiosidad; otros, con ganas de reírse a sus espaldas.

La última vez, todos habían escuchado a un hombre llamándola "mi amor" y "cariño" por teléfono, como si estuvieran locamente enamorados.

Y ahora, ¿dónde estaba ese supuesto marido?

Carla no pudo soportarlo más: —Ya basta. Esa es la vida privada de Vera.

Al ser interrumpida, la otra persona bufó con indignación: —Solo decía la verdad. Mira a Silvana, es tan feliz. La comparación es inevitable. ¡A mí también me da pena Vera!

Aquello era humillante a más no poder.

Siempre poniéndola al lado de Silvana: Silvana la princesa feliz y radiante, Vera la pobre desgraciada.

Vera ya no quiso escuchar más.

Necesitaba salir a tomar el aire.

Apenas puso un pie fuera.

Se chocó de frente con Silvana.

Vera no tenía intenciones de hacerle caso.

Pero Silvana se detuvo, esbozó una sonrisa triunfal y la miró: —Me han dicho que no quieres cederme la joyería, ¿es cierto?

Vera, que ya de por sí estaba agotada por la fiebre, se volvió hacia ella: —Si tantas ganas le tienes, arrodíllate y suplícamelo. Puede que lo considere.

Silvana frunció el ceño.

Siempre había pensado que Vera era vulgar.

Que no sabía hablar como una persona civilizada.

Definitivamente, se notaba que se había criado en un pueblo perdido de la mano de Dios.

No era de extrañar que Sebastián nunca la hubiera soportado en todos aquellos años.

—Tampoco quiero discutir contigo. Para ser sincera, la joyería la administra papá. Si tú no firmas, piensa ir a buscar a tu abuelo. A fin de cuentas, el viejo ya está gagá. Su firma es tan válida como la tuya.

Las sienes le latían dolorosamente a Vera.

Su respiración se detuvo por un segundo.

—¡¿Queréis matar a mi abuelo del disgusto?! —escupió con los dientes apretados.

Iba a humillarla públicamente llamándola la "querida".

¡Vera se había vuelto completamente loca!

Por más fría que intentara ser, el pánico cruzó los ojos de Silvana.

No esperaba una reacción tan violenta.

¡Solo le había pedido la maldita joyería y ahora quería destrozar su reputación públicamente!

¡Y, para colmo, estaban justo al lado de la sala de descanso de los equipos de Héxilo y la UC, con decenas de personas presentes!

Silvana intentó soltarse del agarre.

Pero, por alguna razón, Vera tenía una fuerza sobrenatural en ese momento.

Su hermoso rostro estaba pálido como el papel y totalmente inexpresivo.

Y comenzó a arrastrar a Silvana hacia la puerta de la sala.

Pero, justo antes de entrar...

Una mano grande y firme le agarró la muñeca, apretando progresivamente.

Vera se giró, con el rostro endurecido.

Sebastián la observaba, con sus ojos profundos e inescrutables, tan oscuros que no dejaban escapar el más mínimo atisbo de emoción.

Vera no soltó a Silvana. Miró al hombre con una frialdad hiriente: —¿Qué ocurre, señor Zambrano? ¿Tiene algo que decirme?

Tenía mucha curiosidad por saber cómo iba a intentar convencerla para que no arruinara a Silvana.

La expresión de Sebastián apenas varió.

Mantuvo la mirada fija en ella un par de segundos.

Y su voz sonó espeluznantemente tranquila: —Vera, elige un día. Vamos a divorciarnos.

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