Lina también la miraba a menudo con esos mismos ojitos brillantes, llamándola "mamá" con su vocecita dulce.
Al ver a la niña reaccionar, Silvana apretó los labios y miró a Vera con evidente gravedad y desconcierto.
Sabía que Vera había hecho labores menores en un área de urgencias hace años, pero sus capacidades no deberían pasar de ahí.
Si fuera tan buena, no habría estado estancada en un puesto sin posibilidades de ascenso en aquel cuartucho de hospital.
Pero ahora...
¡Parecía que había sido Vera quien le salvó la vida!
¿Y ella en qué lugar quedaba?
Silvana frunció el ceño en silencio.
De pie detrás de Sebastián, su asistente Quintana leyó a la perfección la incomodidad en el rostro de Silvana.
Y tras mirar la expresión indescifrable de su jefe, el astuto asistente no dudó en hablar, como si fuera la voz oficial de Sebastián:
—¡Menos mal que la señorita Iriarte actuó a tiempo! Su tratamiento de primeros auxilios tardó un poco en hacer efecto, pero al final fue gracias a usted que se salvó.
Quintana llevaba años trabajando con Sebastián.
Por supuesto que sabía perfectamente quién era Vera.
¿Pero qué importaba?
El jefe nunca le había prestado la más mínima atención a su esposa legítima.
Entonces, ¿por qué permitir que Vera le robara la gloria a Silvana?
Al escuchar esas palabras, la tensión en el rostro de Silvana desapareció y enarcó una ceja.
Sus ojos sonrientes se posaron en el apuesto rostro de Sebastián. Sabía bien que Quintana era la mano derecha de su jefe y que sus palabras representaban la voluntad del mismísimo Señor Zambrano.
Sebastián se mantuvo imperturbable desde el principio; no hizo nada para detener o corregir a Quintana.
Tampoco le dirigió la mirada a Vera.
Parecía una aprobación tácita y absoluta.
Leo Flores miró la reacción indiferente de Sebastián y casi se ríe en voz alta.
Le lanzó una mirada de lástima a Vera, que seguía sentada en el suelo, luciendo algo desarreglada.
Todo su teatrito para salvar a la niña no había servido de nada; todo el mérito se lo habían dado a Silvana.


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