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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 329

Doña Isabel frunció el ceño.

Sabía perfectamente que Silvana estaba brillando hoy, pero si la aceptaban oficialmente y le seguían el juego, el matrimonio entre Sebastián y Vera terminaría rompiéndose de forma definitiva ese mismo día...

La situación actual era complicada. Aunque Silvana, en efecto, le había traído gloria a la familia Zambrano, también los ponía contra la pared. La familia no quería oficializar su identidad directamente, pero tampoco podían negarla, lo que terminaba siendo una aceptación implícita de que pronto formaría parte de ellos. Todo era un cálculo meticuloso de Sebastián.

Con este escenario, Sebastián había logrado que el honor o la desgracia de Silvana fueran también los de la familia Zambrano.

Vera no tenía prisa por lanzarse contra ella.

Estaba esperando.

Esperando el momento perfecto.

De pronto, alguien preguntó al aire:

—Entonces, ¿es verdad que la Señorita Iriarte y el Señor Zambrano pronto nos darán la buena noticia de su boda?

Esta pregunta requería una respuesta directa.

Sebastián levantó la mirada lentamente.

Vera también lo miró. Sus ojos reflejaban una ironía que rozaba el absurdo.

Sebastián sintió la mirada de Vera y la sostuvo por un segundo.

Luego, deslizó la vista lentamente hacia Doña Isabel, como si estuviera dándole una señal.

El rostro de Doña Isabel se ensombreció; sospechaba que Sebastián iba a confirmarlo ahí mismo.

Sin darle oportunidad de hablar, dio un paso adelante y se impuso:

—Agradecemos sus palabras. La Señorita Iriarte, en efecto, tiene un vínculo especial con nuestra familia. Pero hay algo innegable: hoy por hoy, Silvana es una pieza fundamental para Cénit y es uno de los talentos más valiosos que el Grupo Zambrano está impulsando.

Sebastián enarcó una ceja de forma casi imperceptible y no añadió nada más.

Vera entendió de inmediato. Doña Isabel estaba reconociendo los logros de Silvana, atándola al prestigio de la familia y de Cénit, pero dejaba cualquier asunto personal a la imaginación del público.

No negarlo era una forma de consentirlo en silencio.

Doña Isabel iba a exprimir hasta la última gota de beneficio que Silvana pudiera ofrecer.

Silvana también lo captó y su sonrisa se volvió aún más radiante.

Incluso le lanzó una mirada altanera a Vera desde arriba.

En esa mirada, Vera leyó una provocación cargada de arrogancia.

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