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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 338

Por mucho que los Zambrano calcularan.

Jamás imaginarían que la nueva dueña de Cénit MedTech siempre había sido ¡la mismísima Faye!

Si cambiar a Silvana por un arma letal que asegurara su futuro frente a la familia Zambrano, en caso de que la existencia de Lina saliera a la luz, le ahorraba disgustos, ¿por qué no aceptarlo?

Vera entendió la jugada a la perfección.

No probó el té de miel que estaba en la mesa, pero miró a Sebastián, que seguía con su actitud relajada, como si regalar una corporación millonaria fuera como invitar un café.

—Señor Zambrano, qué generoso es usted —soltó con ironía.

—¿Eso significa que estás de acuerdo con los términos? —preguntó Sebastián, con una leve curva en los labios.

Términos.

Vera analizó el peso de la palabra.

Al final del día, todo era para limpiar el desastre de Silvana.

No iba a hacerse la ofendida y rechazar una fortuna por puro orgullo. No se vive del aire.

No tenía sentido amargarse por Silvana y Sebastián, dos personas que ya no tenían nada que ver con su futuro, y quedarse con las manos vacías.

El orgullo no paga las facturas.

Además, entregarle una empresa podía considerarse parte del acuerdo de divorcio. ¿Por qué iba a rechazarlo? Todo sería para Lina en el futuro.

—Seguro que Dios recompensará la inmensa devoción del Señor Zambrano —respondió Vera con una sonrisa glacial.

Sebastián la miró fijamente, con una expresión inescrutable: —Gracias por el halago.

Vera frunció el ceño.

Siempre era lo mismo con él. Era como golpear una pared de algodón.

Pedro Zárate, sabiendo que tenían que asegurar el trato, se inclinó hacia Vera y murmuró: —Hay que cerrar esto ya. Nosotros prepararemos las pruebas para anular la patente de Silvana, y tú firmas el traspaso de la empresa hoy mismo.

Temía que Sebastián o los Zambrano se echaran para atrás en el último segundo.

Siendo honestos, si no fuera por esta cadena de eventos desastrosos y la crisis de imagen que Silvana le causó a la familia, los Zambrano jamás le habrían dado ni un peso partido por la mitad a Vera. No tenían corazón.

En cuanto a la patente, aunque al principio les hirvió la sangre por el descaro de Silvana...

Si ella se negaba a admitirlo, Vera tenía mil formas de demostrar la autoría. Al final, Silvana tendría que devolver algo que no le pertenecía.

—Claro, como prefieras.

Sebastián miró a Pedro Zárate: —Director Zárate, lamento el espectáculo de hoy. Le agradecería que calmara los ánimos con su padre. Lo resolveremos en privado.

Pedro sonrió sin mucha convicción: —Por supuesto.

Con Vera llevándose el premio gordo, todo se podía negociar.

Sebastián asintió y se giró hacia Vera: —Vámonos a casa.

Vera sentía una mezcla de emociones extrañas. Los giros del día la dejaron exhausta, pero al menos el resultado estaba a su favor.

Pedro le hizo un gesto con la mano para que se fuera tranquila.

Vera, en un hecho insólito, volvió a subirse al coche de Sebastián.

No tenía la más mínima intención de conversar con él.

Mantuvo la mirada fija en su teléfono.

Estaba leyendo informes recientes sobre cirugías de tumores. Aún existían barreras tecnológicas enormes en ese campo, y ese era precisamente el tema de su investigación. Tal vez porque su madre había caído en coma cuando ella era pequeña, Vera había desarrollado una obsesión casi enfermiza por la medicina.

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