Vera solo podía pensar en esa posibilidad.
La gala anual de los Zambrano estaba repleta de gente importante, cualquier rumor se esparciría como pólvora.
Las probabilidades de que Adriano ya estuviera al tanto eran altísimas.
En ese instante, Vera sintió una presión aplastante. Su corazón se encogió en el pecho.
No sabía cómo reaccionaría Adriano. Él le había ofrecido su ayuda para proteger a Lina y organizar sus papeles bajo la premisa de que no sabía quién era su marido en las sombras.
Pero, ¿y ahora?
Si Adriano continuaba apoyándola, significaría declararle la guerra abierta a Sebastián y a la familia Zambrano.
Adriano era un hombre de negocios implacable.
En ese círculo donde mandaban los intereses, nadie daba un paso en falso ni apostaba a perdedor.
Enemistarse con Sebastián Zambrano por un asunto ajeno no era un juego de niños.
Estaba aterrorizada de que Adriano decidiera cortar lazos con ella, dejando a Lina expuesta al mundo...
Un sudor frío comenzó a formarse en su frente.
Sintió que la silla quemaba.
Con el teléfono vibrando en la mano, su mente corría a mil por hora buscando una salida.
Sebastián acariciaba el borde de su taza de té. Con el rabillo del ojo, captó a la perfección la desesperación y el nerviosismo de Vera, por mucho que ella intentara ocultarlo. La diseccionó con la mirada.
Ella estaba demasiado alterada por esa llamada.
O tal vez, Vera temía que su matrimonio expuesto arruinara sus "planes románticos" con Adriano Herrera.
—¿No vas a contestar? —preguntó de la nada, con una frialdad cortante.
Vera volvió a la realidad. Por instinto, ocultó el teléfono en su bolsillo mientras seguía sonando.
—No puedo asegurar que estos contratos no tengan trucos legales ocultos. Necesito llevarlos para revisarlos con calma. Ya vi que tienen el sello y tu firma, solo falta la mía. Si apruebo los términos, firmaré directamente. Nos vemos el lunes para la transición en la empresa.
Evitó por completo responder a la pregunta de Sebastián.
¡Por supuesto que no iba a contestar frente a él!

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