Doña Matilde lo consideró por un momento y le pareció razonable.
Soltó la mano de Vera y le hizo una seña a Sebastián para que se acercara.
—A ver, muchacho, déjame revisarte a ti para que tu esposa pueda recuperar un poco el aliento.
Sebastián parecía estar evaluando la situación.
Con la mirada baja, solo levantó las pestañas al escucharla. De reojo, observó el rostro de Vera que trataba de aparentar calma, se quedó inmóvil en su silla durante un par de segundos y finalmente respondió:
—Yo estoy perfectamente bien. Me hice un chequeo general hace muy poco.
Era evidente que había tomado una decisión.
Quería que Doña Matilde volviera a examinar a Vera detenidamente para llegar al fondo del asunto.
El corazón de Vera dio un vuelco violento.
Lo miró casi por instinto.
Y se topó con los ojos de Sebastián, que no habían dejado de observarla ni por un segundo. Fue un choque frontal contra esa mirada profunda y oscura.
Era una mirada afilada, incisiva.
Dentro de esa calma perturbadora, sentía que no tenía escapatoria.
Vera contuvo la respiración, sintiendo cómo le ardían los ojos. Esta noche se sentía como una ejecución perfectamente orquestada en su contra, y un solo paso en falso la condenaría a perderlo todo.
Su pequeña Lina...
¡Jamás permitiría que los Zambrano se la arrebataran!
—¿Por qué ustedes dos le huyen tanto a los médicos? Así no se puede. Si no preparan sus cuerpos, ¿cómo esperan traer una nueva vida al mundo? —Doña Matilde asumió su rol de experta y comenzó a reprenderlos.
Doña Isabel, sin embargo, seguía obsesionada con la frase de que «había dado a luz».
Frunciendo el ceño, le dirigió a Vera una mirada cargada de dureza.
—Siete años. En cualquier otra familia, si la esposa pasa siete años sin dar herederos, los suegros ya estarían exigiendo el divorcio. Pero dime, en todo este tiempo, ¿te he presionado? ¿He intentado echarte de esta casa? He sido más que generosa contigo. Si realmente el problema de fertilidad es tuyo, ¿no crees que le estás arruinando la vida a la familia Zambrano? Si estás enferma, te curas. Deja los berrinches.
Un golpe tras otro.
La estaban acorralando sin piedad.
Cualquier cosa que dijera o hiciera iba a ser usada en su contra.
Sebastián giró el rostro de golpe para mirarla.
Para la misma experta resultaba algo difícil de creer, pero insistió:
—No me equivoqué la primera vez. El pulso me indica claramente que este no es el cuerpo de una joven que no ha concebido. En nuestra práctica, los embarazos dejan un rastro inconfundible. De eso puedo dar mi palabra.
Doña Isabel la miró atónita.
—¿Qué significa esto, Vera?
Su voz era cortante como una navaja. Los labios de Vera habían perdido todo color. Con suma lentitud, retiró su mano y se bajó la manga de la blusa.
—Sí.
Su respuesta fue casi un susurro.
El constante roce metálico del encendedor en las manos de Sebastián se detuvo en seco.
Vera finalmente levantó la cabeza y, sin apartar la mirada de los enigmáticos ojos de su esposo, soltó cada palabra con firmeza:
—Sí estuve embarazada. Tuvimos un hijo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...