Debía sentir como si le estuvieran arrancando el corazón, y sin embargo, el tono de Vera era tan escalofriantemente tranquilo.
Era la costumbre y el entumecimiento que dejan las heridas repetidas una y otra vez.
Ivonne incluso sentía que el hecho de que Vera le ocultara la existencia de su hija a Sebastián, ¡era justo lo que él se merecía! ¡Era su castigo divino!
Pero también conocía a la perfección el sufrimiento por el que había pasado su amiga, así que le dio la razón de inmediato: —¡Los hombres son como papel higiénico usado, no sirven para nada y dan asco! ¡Esa basura debería quedarse en la caneca!
Terminó la llamada.
Vera no perdió ni un segundo y siguió empacando sus pertenencias.
Siete años siendo la esposa de un hombre poderoso, y al final, toda su vida cabía en apenas dos maletas.
Bajó la vista para mirar el anillo de diamantes en su dedo anular.
Lo acarició suavemente. Había llevado ese anillo tanto tiempo que el metal se sentía liso y familiar, pero para ella, era como si la estuviera cortando.
Respiró hondo, se lo quitó sin ningún rastro de arrepentimiento y lo metió en el mismo sobre que contenía los papeles del divorcio.
Aprovechando que la noche estaba en silencio, subió las maletas al baúl de su auto.
Era demasiado tarde.
Volvió a entrar y se quedó dormida con la ropa puesta.
Al día siguiente.
Vera se despertó por el ruido de cosas moviéndose en el piso de abajo.
Solo había dormido tres horas y, al escuchar aquel alboroto, sintió como si alguien le estuviera taladrando el cráneo.
Soportando el malestar, se aseó rápidamente. Luego, tomó el sobre con los papeles del divorcio y lo dejó justo en el centro del tocador que ahora lucía completamente vacío.
Quería asegurarse de que, en cuanto Sebastián entrara en la habitación, notara de inmediato esa sorpresa que tanto había esperado.
Luego salió al pasillo.
Anoche, Ivonne ya le había ayudado a encontrar un departamento.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano