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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 94

Cuando Vera llegó al Registro Civil, observó las dos grandes salas: la de matrimonios estaba casi vacía, mientras que la de divorcios estaba abarrotada de gente.

De pronto, sintió algo extraño.

Una especie de alegría macabra, como quien hace su última apuesta y espera a que la ruleta se detenga.

Dentro de la sala.

Varias parejas discutían a gritos, con los rostros rojos por la furia.

Otros estaban sentados lado a lado, en silencio absoluto, pero irradiando un odio palpable.

Y otros tenían el rostro apagado, pero con un aire de que su liberación estaba a punto de llegar.

¿Y ella y Sebastián?

¿Cómo reaccionarían?

A Vera le tomó un segundo tener la respuesta.

Estarían tan fríos y distantes que no parecerían esposos, sino dos extraños dividiendo bienes tras una mala noche de copas.

Siete años de una relación estrictamente carnal en la que jamás hubo una sola gota de amor.

Pensar en eso hizo que Vera soltara una carcajada completamente fuera de lugar.

Era más bien una burla a sí misma.

Las parejas que hasta hacía un momento se gritaban a todo pulmón se giraron para mirarla, como si estuviera loca.

Vera intentó recomponerse un poco: —Perdón. Mi marido me engañó con otra mujer y se me cayó la cara de vergüenza, me dio tanta rabia que me dio risa.

Las mujeres que no paraban de pelear le lanzaron al instante miradas de profunda empatía e indignación compartida.

—Tan joven y tan bonita... ¿Tu marido está ciego o qué le pasa? —preguntó sorprendida una de las mujeres que esperaba su turno para firmar.

Vera asintió: —Yo también me pregunto lo mismo.

—¡Todos los hombres son la misma basura! ¡Ven cualquier porquería en la calle y se les hace un manjar!

Vera volvió a darle la razón: —Y uno trata de detenerlos, pero se van corriendo detrás.

—¡Estos descarados se van a pudrir en el infierno! —Las mujeres se emocionaron aún más con los insultos.

Los hombres, que hasta entonces habían guardado un silencio resentido, ya no pudieron tolerar las indirectas y se levantaron, respondiendo los ataques con furia.

La sala volvió a convertirse en un caos de gritos y mentadas de madre.

Vera observó la escena en silencio.

Tantos años de matrimonio, y terminaban destruyéndose de esa manera.

No sabía si sentir tristeza por ellos o alegrarse de que al fin fueran a liberarse de ese tormento.

Revisó la hora.

Ya casi daban las diez.

Y Sebastián aún no le respondía.

Vera volvió a llamarlo.

Sebastián seguía sin contestar.

A Vera le había costado mucho conseguir su turno. Si Sebastián no aparecía, habría perdido la oportunidad.

Se levantó y caminó hacia la ventanilla: —Disculpe, ¿a qué hora cierran hoy? ¿Se puede sacar el acta de divorcio el mismo día?

El empleado la miró: —No se puede. Hoy solo presentan la solicitud. La ley exige un Período de Reflexión de treinta días. Podrán venir por el acta en un mes.

Vera sintió que se ahogaba.

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