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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 96

Esa vocecita clara y frágil fue demasiado repentina.

Todas las miradas se clavaron de inmediato en la ventana que bajaba del auto.

Los oscuros ojos de Sebastián se enfocaron intensamente en la pequeña niña.

Siguiendo la dirección de la mirada de la pequeña, sus pupilas se fijaron en el rostro pálido de Vera, golpeada por el viento frío.

El mundo pareció quedarse en completo silencio.

Vera casi olvidó cómo reaccionar.

Sintió que la sangre le hervía y se le helaba al mismo tiempo, paralizando su cuerpo de una manera que parecía irreal.

De repente...

Ivonne dio un paso gigantesco hacia adelante y tomó rápidamente la pequeña mano de Lina:

—¡Ay, mi niña hermosa! Tienes que ir a casa a descansar, ¿sí? Cuando estemos desocupadas, te llevaré al parque de diversiones, ¿te parece bien?

Con su cuerpo, Ivonne bloqueó por completo la mirada inquisitiva de Sebastián.

Lina originalmente solo quería pedirle a Vera que se quedara a dormir con ella esa noche.

Al ser interrumpida por Ivonne, la pequeña movió sus ojitos, medio entendiendo la situación, y asintió:

—Oh, está bien. Pero tienen que hacerme videollamada.

La sonrisa de Ivonne estaba tan tensa que casi le dolían las mejillas.

La ventana del auto volvió a subir.

El Maestro Cárdenas decidió no seguir discutiendo. Comprendiendo que Vera aún no estaba completamente desvinculada de la familia Zambrano y que no debía causar más problemas en ese momento, subió rápido al auto y ordenó al conductor que arrancara.

Ivonne se dio la vuelta, suspirando de alivio y diciendo en voz alta y teatral:

—Ay, esta niña... Cada vez que se enferma se pone llorona, extraña a su mamá y le dice "mamá" a cualquiera que vea.

Vera pellizcó las yemas de sus dedos para mantener la compostura.

—Lo entiendo, los niños son así.

La mirada de Sebastián seguía clavada en Vera, quien permanecía quieta, actuando como si el asunto no tuviera nada que ver con ella.

Silvana notó la intensa atención que él le prestaba.

Apretando los labios, tomó del brazo a Sebastián y dijo con malicia:

—Sebastián... parece que ella está desesperada por tener un hijo...

Cualquiera podía entender la indirecta de Silvana.

Leo Flores, que tampoco era tonto, enarcó una ceja y comentó:

—Por eso no te preocupes, Silvana. Sebastián nunca dejaría que una mujer que no ama tenga un hijo suyo para intentar manipularlo.

Al escuchar eso, las comisuras de los labios de Silvana se curvaron en una amplia sonrisa.

Una sonrisa dulce y victoriosa que no se molestó en ocultar delante de Vera.

¡Como si hubiera conquistado el mundo entero!

El comentario de Leo fue lo suficientemente alto para que Vera lo escuchara a la perfección.

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