Porque no solo implicaba declararle la guerra a la familia Leal, sino también arriesgar la licencia gubernamental del proyecto. Por más aterradora e inquebrantable que fuera la familia Yáñez, tendrían que bajar la cabeza frente al Estado, o de lo contrario, estarían cavando su propia tumba.
Yago asintió lentamente:
—Señor Yáñez, si me disculpa, me retiro.
Aunque sonaba a pregunta cortes, no dudó un segundo en marcharse.
Yago tenía la mente ocupada en Vania. Como Luciano seguía rondando por ahí, le preocupaba que se atreviera a intentar algo mientras ella estaba sola.
Había observado a los acompañantes de Hugo. La mirada de Adrián Mendoza destilaba veneno, y en los otros dos no logró descifrar sus verdaderas intenciones. No estaba seguro de qué bando apoyarían si estallaba un problema real.
Yago se alejó con paso firme y veloz. Hugo clavó la mirada en su espalda y, sin inmutarse, aplastó la brasa del cigarrillo directamente en la palma de su mano.
Bar Victoria.
Hugo estaba sentado, rodeado por Cristina, Adrián Mendoza, Iker Uribe y Mateo Quintanilla.
Rodrigo Quintana brillaba por su ausencia, como se había vuelto costumbre.
Todos habían notado que, desde el incidente en el que Vania perdió la memoria, Rodrigo había dejado de asistir a cualquier reunión del grupo.
Ni siquiera contestaba el teléfono cuando lo llamaban.
Hugo le dio un sorbo a su trago con aparente desinterés, aunque solo él conocía perfectamente la razón del distanciamiento.
Rodrigo sentía que Hugo había lastimado y pisoteado a su adorada Natalia Funes, y prácticamente estaban a una palabra de romper su amistad para siempre.
Adrián estaba recostado contra el sofá, agitando el líquido en el fondo de su vaso con una actitud descarada e irreverente.
—¿Y en qué quedó el circo de Yago de hoy? ¿Va a proceder por la vía legal?
Hizo especial énfasis en las palabras "vía legal", soltando un tono de sarcasmo que cualquier sordo habría podido notar.
Hugo se mantuvo en un silencio sepulcral.
Adrián lo pensó unos segundos:
—Si quieres, puedo pedirle a mi abuelo que intente intervenir.
Iker y Mateo lo miraron fijamente al unísono, preguntándose si el tipo se había vuelto loco de remate.
Si el mismísimo Hugo estaba a punto de cruzarse de brazos, ¿qué necesidad tenía Adrián de meterse en ese campo minado?
Cristina miró de reojo a Mateo y a Iker, convencida de que ambos habían ido solo para disfrutar del drama y hacer acto de presencia.
El único que verdaderamente quería tenderle la mano era Adrián.
Cristina no pudo evitar clavar su mirada en Adrián un segundo más de lo normal.

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