Ese “Quino” hizo que los Ibarra, que traían toda la atención encima de Kiara, por fin voltearan hacia la puerta.
Todos, al mismo tiempo.
—¿Joaquín? —Regino se sorprendió, pero enseguida le hizo señas con entusiasmo—. ¿Y tú qué haces aquí, chamaco? Ándale, ven. Llegaste justo para la cena de celebración de Kiarita.
Las familias Ibarra y Carrasco siempre se habían llevado bien. Y Regino, además, tenía una amistad de vida o muerte con el viejo Fernando Carrasco; por eso existía el acuerdo de compromiso entre las dos familias desde niños.
Y Regino siempre había apreciado a Joaquín.
Le hizo señas para que se acercara y, pensando que todavía no habían hecho una reunión formal para presentar a Kiara como parte de la familia, quiso aprovechar para presentarla.
—Mira, ella es mi…
—Don Regino, ya lo sé —Joaquín sonrió con educación y saludó a todos, uno por uno—. Kiara, su nieta.
Con calma, caminó hasta quedar junto a Regino.
—Escuché que la familia Ibarra tenía una cena familiar aquí, así que vine sin avisar. Espero no incomodarlo, Don Regino.
—¿Cómo me vas a incomodar? Si vienes a la cena de celebración de mi nieta, yo encantado —Regino preguntó, como quien no quiere la cosa—. ¿Entonces tú ya conocías a Kiarita?
Joaquín soltó un “sí” y miró a Kiara por un instante, casi sin que se notara. La sonrisa se le marcó más.
—Si lo piensa bien, yo también soy medio de la familia Ibarra. A una cena familiar, no puedo faltar.
—¿Medio Ibarra? —Regino se quedó quieto a la mitad del gesto. La sonrisa se le borró de golpe y la mirada se le afiló.
Entrecerró los ojos.
—¿Qué quieres decir con eso, Joaquín?
Los demás Ibarra también se pusieron alerta al instante, clavándole los ojos.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste