No iba a dejar que Kiara dijera nada… que sonara a aceptar a Joaquín.
Pamela se tragó como pudo el torbellino que traía por dentro y sostuvo una sonrisa dulce, correcta.
En cuanto entró, su objetivo fue clarísimo: quería que Kiara entendiera que Joaquín era de ella, de Pamela. Quería obligarla a hacerse a un lado.
Con tacones firmes, se acercó elegante a Joaquín, todavía más “apenada”:
—Joaquín, ¿y no me avisaste que venías? Me diste una sorpresa enorme.
Su actitud era como si entre ellos hubiera algo… y como si él hubiera venido solo para darle esa “sorpresa”.
Las familias Ibarra y Carrasco siempre se habían llevado bien.
Pamela también estaba segura de que, frente a todos, Joaquín le iba a “dar su lugar”.
Su sonrisa se volvió más empalagosa. De reojo miró a Kiara, con un toque de reto.
Era una actuación tan mala que daba risa.
Y Kiara, de hecho, se rio.
Esa risa traía algo… como de burla.
Pamela se tensó. Levantó la vista, se mordió el labio y le lanzó una mirada furiosa a Kiara.
¿De qué se reía esa mocosa?
¿Con qué derecho la veía así, como si fuera un chiste?
¿Que ella se llevara con Joaquín era gracioso o qué?
Antes de que Kiara volviera, ella ya tenía ese compromiso encima.
Aunque Joaquín no lo reconociera, el acuerdo existía.
¿Y qué tenía de raro que dos prometidos se conocieran?
Ardiendo de coraje, Pamela alzó la mano para ponerla sobre el hombro de Joaquín.
—Joaquín, ¿por qué no dices nada?
Pero antes de que pudiera tocarlo, Joaquín se levantó con toda naturalidad y esquivó su mano.

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