Desde la primera vez que vio a Joaquín, se le fue el corazón tras él.
Y más todavía cuando escuchó a sus papás, en broma, mencionar el compromiso entre los Ibarra y los Carrasco.
Desde entonces, lo dio por hecho: Joaquín era su prometido.
Estaba convencida de que se iba a casar con él y que entraría a la familia Carrasco.
Su familia no podía no entenderlo.
Deberían salir a defenderla; por lo menos… deberían valorar todo lo que ella había “aguantado” y esperado tantos años.
Pero lo único que vio fue a los Ibarra asintiendo, satisfechos, hacia Joaquín.
Era evidente: aunque ninguno estaba feliz con la idea de que Joaquín quisiera acercarse a su tesoro, el hecho de que él marcara límites tan claros con otras mujeres, para ellos, sumaba puntos.
Nadie se fijó en cómo se estaba sintiendo Pamela.
Para ellos, lo único importante era Kiara.
Nadie la defendió. Y peor: ¿de verdad les parecía bien que Joaquín la humillara así, en público?
Pamela temblaba de coraje. Los ojos se le pusieron todavía más rojos.
Apretó los puños con fuerza, tanto que las uñas recién arregladas se le enterraron en la piel. Solo así logró contener la oleada de rabia y agravio.
Con la voz suave, como entre berrinche y broma, se fue con Vanesa y se le colgó del brazo:
—Mamá… mira a Joaquín. Nada más ve a Kiara y ya me trata así. Si antes tú y mi papá hasta dijeron que querían que yo…
Quiso recordarle, con indirectas, aquello que se les había “salido” cuando lo mencionaron: que si los Carrasco exigían cumplir el compromiso y la hija biológica no estaba, entonces la hija adoptiva tendría que “entrar al quite”.
O sea: ese compromiso, en teoría, le tocaba a ella, a Pamela.
Vanesa sintió el temblor en el cuerpo de su hija adoptiva y suspiró por dentro.
Le dio unas palmaditas en la mano, con tono paciente:


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste