¿Podía dejar de estorbarle para ir a buscar a la señorita Valdez?
Era evidente que no.
Pamela no iba a soltar esa oportunidad de “recuperar” el orgullo, ni mucho menos iba a perder la ocasión de lucirse frente a Joaquín.
Manuel era su carta para presumir.
Con una sonrisa segura, dijo:
—Sí. Mi maestro es un chef famoso de Oricalco, el señor Calvin.
Manuel frunció más el ceño. De plano no le sonaba ese tal Calvin.
Y el nombre, además, era claramente extranjero.
Al instante, Manuel sintió menos simpatía.
Siendo de Solarenia, ¿qué necesidad tenía de andar presumiendo a un maestro extranjero, y encima con esa actitud?
Por consideración a Kiara, no dijo nada desagradable. Solo respondió con un “ajá” distraído.
Intentó pasar.
Pamela seguía insistiendo.
Tanto, que a Manuel se le fue endureciendo la cara, hasta que ya no aguantó. Levantó la mano y apartó la de ella.
—Disculpa, señorita. ¿Me dejas pasar?
La sonrisa “cariñosa” que Pamela había forzado se le congeló.
Y solo pudo ver cómo Manuel la rebasaba sin mirarla y se iba directo hacia Kiara, con prisa.
Pero en cuanto fijó la vista en Kiara, toda la impaciencia se le borró del rostro y se le iluminó una sonrisa.
—Señorita Valdez, ¿ya se va?
Sus ojos brillaban.
Kiara, en cambio, no mostró ni tantito nerviosismo por estar frente a alguien del nivel de Manuel. Solo levantó la mirada con calma y preguntó, sin emoción:
—¿Ahora qué problema traes?

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