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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 131

La cena se alargó hasta pasadas las nueve.

Al momento de irse, Regino todavía pidió que trajeran recipientes para llevar y mandó empacar todos los platillos que Kiara había cocinado con sus propias manos.

Dijo que, si su nieta consentida se metía a la cocina, hasta el último chorrito de salsa se tenía que aprovechar.

Pamela veía cómo todos rodeaban a Kiara y no paraban de elogiarle la comida.

Y eso la hizo enojarse más.

«Con razón… esta chica sabe cómo ganarse a la gente».

Si hubiera sabido que la familia se iba a poner tan feliz solo porque alguien cocinó, ella misma se habría puesto a hacerles de comer.

Al fin y al cabo, cuando estudió en el extranjero, aprendió de chefs reconocidos. Sabía preparar cocina internacional: fina, bien presentada, de nivel para concurso.

No como lo de Kiara…

Un montón de platillos amontonados, grasosos y de aspecto poco apetecible, como si estuviera sirviendo comida para animales.

Y todavía con eso de “comida nutritiva”, dejando el lugar impregnado de un olor raro, como a hierbas medicinales.

De no saberlo, hasta pensaría que les estaba echando algo.

Pamela torció la boca, pensando que en cuanto regresaran, ella iba a cocinar personalmente para que todos probaran que la comida internacional era mucho mejor que la de aquí.

En eso, Manuel entró cargando varios recipientes.

La Cúpula Dorada, en teoría, ni siquiera ofrecía servicio para llevar.

Y aun así, Manuel había venido en persona a traerlos.

Hasta Regino se quedó sorprendido.

Todo mundo sabía que Manuel, el dueño de La Cúpula Dorada, era un obsesionado de la cocina: vivía para investigar platillos del país y sacarle el máximo a cada sabor.

Normalmente, ni verlo era fácil.

Regino y Manuel apenas se conocían de saludar con la cabeza.

¿Y ahora venía por iniciativa propia a traerle recipientes a la familia Ibarra?

Los Ibarra no pudieron evitar preguntarse qué buscaba.

Manuel, que ya iba caminando hacia Kiara con los recipientes, se encontró con Pamela atravesándosele.

Entrecerró los ojos, confundido, y la miró. Como estaba en el mismo privado que la señorita Valdez, asumió que era familia.

Así que no la dejó en ridículo; solo asintió con cortesía.

—No se preocupe.

Esa respuesta terminó de convencer a Pamela de que Manuel venía por ella.

Le extendió las manos y tomó los recipientes.

—Si mi maestro supiera que lo estoy molestando así, me regañaría horrible. Y, bueno… él siempre habla de usted, señor Guzmán.

Manuel frunció un poco el ceño.

—¿Tu maestro?

¿Qué estaba diciendo esta mujer?

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