—¿De verdad me detestas tanto? ¿Ni siquiera vas a probar lo que me levanté temprano a hacerte con mis propias manos? Es un detalle…
Mientras hablaba, se le humedecieron los ojos y bajó la cabeza.
—¿Sigues enojada conmigo? ¿No me vas a perdonar?
Y, de reojo, se aseguró de que Camilo y Vanesa, que venían a desayunar, la estuvieran viendo.
Kiara se sentó en la mesa, alzó apenas la mirada, sin emoción.
—Si ya sabes que no me caes, no te estés pegando.
Su tono era helado. No fingió nada solo porque estaban sus papás.
Así, directo, dejó claro que no la aguantaba.
Y todavía remató, sin filtro:
—Y si no entiendes por las buenas, luego no te quejes si te doy una cachetada.
Pamela se quedó pálida. Se le llenaron los ojos de rojo, avergonzada. Miró a sus papás como pidiendo auxilio.
Quería que por fin vieran “la verdadera cara” de Kiara.
Si frente a ellos ya la estaba amenazando, ¿qué no le haría cuando no estuvieran?
Pero…
No pasó.
Vanesa se sentó junto a Kiara, pidió que le trajeran su desayuno y dijo con una sonrisa tranquila:
—Ya, Pamela. Se agradece el esfuerzo, pero Kiki tiene sus gustos. No la obligues.
Pamela se atoró de coraje.
Se mordió el labio, con voz lastimera:
—Pero… también hay huevo, y leche… yo me levanté temprano y lo hice yo…
—Ajá —Kiara soltó una risita sin gracia y miró la charola.
Lo miró con una calma pesada, como si ya le hubiera leído la intención
Pamela se tapó la panza, nerviosa, buscando qué decir.
Antes de que pudiera inventar algo, Kiara movió la sopa frente a ella y soltó, como al descuido:
—Qué raro. No te atreves a comer lo que “hiciste con tus propias manos”.
Marcó esas palabras con intención y sonrió un poco más.
—¿O le echaste algo?
Ahí ya no estaba insinuando: lo estaba diciendo de frente.
Vanesa clavó una mirada desconfiada en Pamela, entrecerrando los ojos, como evaluándola.
A Pamela se le heló la espalda. Apretó los dedos con fuerza.
¿Cómo podía esa…?
¿Solo por ver la charola desde lejos ya sabía que había algo?
***

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