Lucía se puso furiosa.
—¡Yo sabía! Esa vieja de rancho trae mañas. Quién sabe qué les hizo para traer al abuelo, al señor y a la señora como mensos… ¡y hasta al joven Álvaro ya lo traía mareado!
—Y ahora, ¡hasta el señor Carrasco…!
—¿Y yo qué hago? —Pamela lloraba con los ojos hinchados, perdida—. Joaquín ni me ve.
—¡No, no, no! Tú no te me vas a caer —Lucía le palmeó la espalda, con la mirada dura—. No puedes dejar que esa pueblerina se salga con la suya. Como sea, no puedes soltar al señor Carrasco.
Lucía pensó un segundo y se acercó a su oído.
—Ahorita el señor Carrasco anda bien enredado con esa… y así no se puede. Lo primero es que él vea quién es en realidad esa vieja, que se le caiga la venda. Que entienda quién sí es la indicada para estar al lado de la familia Carrasco.
Le apretó la mano.
—Y para eso… hay que entrarle por otro lado: por la gente de su casa.
—A quien más le importa al señor Carrasco es Fernando y la señorita Carrasco. Con que te ganes a esos dos, ya llevas media boda.
Pamela se limpió la nariz, todavía con lágrimas.
—Pero… Eloísa…
Ella la había hecho enojar tanto que le dio el ataque. ¿De verdad la iba a ayudar?
—Es una chavita de diecisiete —Lucía soltó el plan—. Le das tantito cariño y la compras. Tú nomás déjate ver, deja que te conozca bien. ¿Cómo no vas a poder con una adolescente?
—Y lo de Fernando está todavía más fácil. Si siempre te anda diciendo que eres buena y educada, es porque le gustas. Con que él se ponga firme y exija que se respete el compromiso entre las familias, el señor Carrasco, que es bien recto, va a ceder. Y entonces… la prometida vas a seguir siendo tú.
—¿Esa pueblerina? No te llega.
El llanto de Pamela se cortó en seco.
Bajo las lágrimas, sus ojos empezaron a brillar… de una forma casi enferma.
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