En el pit de enfrente, había una mujer alta.
Traía una playera negra corta y pantalón cargo. Descansaba las manos sobre la baranda, dejando ver la cintura.
Y sus piernas… largas y delgadas, impresionantes.
Su cabello negro, como cascada, iba amarrado en una cola alta, dejando ver un rostro de facciones marcadas y frías, de una belleza intimidante.
Al girar un poco la cabeza y sonreírle a la chica de coletas que tenía al lado, su mirada se volvió viva, seductora.
Era tan hermosa que costaba trabajo apartar los ojos.
Las pupilas de Patricio se encogieron.
Kiara…!
¿Sí era ella?
¿Qué hacía en Monte Gris?
—¡Pachi!
Catalina llegó con la cara tensa. Se le colgó del brazo.
—¿Cómo se atreve ese Eugenio? ¡Nada más porque sí se pone a golpear gente! ¿De qué “niño bien” tiene algo?
Estaba indignada.
Se suponía que ella iba a estar bajo todas las miradas, viendo cómo Patricio ganaba la carrera por ella y luego le entregaba, con sus propias manos, ese premio de cinco millones.
¡Y ella sería la mujer más envidiada del lugar!
Pero no: Eugenio lo arruinó todo.
¿Qué tenía ese tipo que caía tan mal?
Catalina estaba tan enojada que apretó el brazo de Patricio sin medir la fuerza.
El golpe de hace rato ya le había dejado un dolor insoportable en la mano, que se le había zafado en la última curva.
Y con ese apretón…
Le dolió todavía más. Se puso pálido y se le escapó un quejido ahogado.
Catalina ni lo notó. Infló las mejillas, furiosa:
—¿No que Eugenio es de la familia Palma? ¿De verdad le importa tanto un premio de cinco millones como para pelearse contigo?
Con la otra mano, la tomó del hombro y la apartó.
—¿No viste que traigo la mano zafada?
Catalina retrocedió unos pasos. Al separarse, por fin se fijó en que la mano derecha de Patricio colgaba de forma extraña.
Se le cambió la cara.
—P-perdón, Pachi… es que me dio muchísimo coraje…
—¿Te dio coraje que no gané y no te pude conseguir el premio de cinco millones… o te dio coraje que te hice quedar mal? —se burló él, cortándola.
Catalina abrió los ojos, tiesa.
No esperaba que Patricio dijera en voz alta lo que ella trataba de esconder.
Se le fue el color del rostro.
—Pachi… ¿cómo puedes pensar eso? —se le llenaron los ojos de lágrimas—. Claro que me dio coraje… ¡porque Eugenio se pasó!
Pero tal vez por el dolor, esas lágrimas que antes a Patricio le funcionaban… ahora solo le daban fastidio.
***

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