Una joven de curvas marcadas, maquillaje impecable y presencia llamativa salió de entre la gente, taconeando con unos stilettos.
Bajo las luces brillantes, su vestido corto rojo era atrevido, imposible de ignorar.
Y su expresión, igual: mandona, altanera, al límite.
Lo primero que Catalina notó fue el bolso que traía: la edición limitada más nueva de YB. Apenas llevaba dos días en circulación y en subasta ya andaba en veinte millones.
Un lujo que Catalina ni se atrevía a imaginar.
¿Quién era esa mujer?
—¿Señorita Córdova? —Patricio entornó los ojos y la miró con frialdad—. ¿Qué se supone que significa eso?
Era Andrea Córdova, la heredera de la familia Córdova, famosa en Clarosol por vivir de fiesta y tirar el dinero como si nada.
Andrea curvó los labios rojos y barrió a Kiara y a Eloísa con una mirada de desdén.
Luego, al voltear hacia Patricio, el delineado cargado le daba un aire seductor, calculado.
Sonrió, agresiva.
—Pues lo que suena. Literal.
Levantó la mano y, con las uñas rojas, sacó una tarjeta magnética dorada y la agitó como si fuera cualquier cosa.
—En el Club S hay una joyita: la Sombra. En rendimiento, contra la Fantasma de Skye, no se queda corta… más bien la supera.
Levantó la comisura del ojo y sonrió, coqueta.
—¿Qué, señor Fuentes? ¿Te la presto para que te diviertas?
Lo dijo como si no estuviera prestando una moto de primer nivel, de esas que valen cientos de millones, sino un juguete cualquiera.
Presumida. Soberbia al extremo.
En cuanto Andrea apareció, Catalina vio clarito a quién iba dirigida: a Patricio.

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