Andrea vio en el celular la notificación de depósito y se le dibujó una sonrisa de triunfo, apenas contenida.
Nadie notó que, por encima de la gente, le lanzó a Kiara una sonrisa descarada, brillante.
—Señor Fuentes, toma.
Andrea le encajó la tarjeta magnética dorada en la mano a Patricio. Sus dedos, con uñas rojas, le rozaron la palma como “sin querer”.
Sonrió más, hermosa y provocadora.
En los ojos fríos de Patricio se le movió algo. Bajó la vista a la tarjeta, y a esa sensación que le quedó en la piel.
Andrea dio dos pasos atrás y tronó los dedos.
Enseguida, una moto negro mate, de diseño agresivo, se lanzó desde lejos, acercándose a toda velocidad.
En el cuerpo traía un enorme logo “S”.
La marca del Club S, un club internacional de carreras.
—La Sombra… supongo que todos aquí la han oído nombrar. Su fama no es menor que la de la Fantasma —Andrea curvó los labios—. Entonces le deseo al señor Fuentes… que arranque ganando.
Patricio alzó un poco la barbilla; su cara, marcada como de navaja, se le llenó de autosuficiencia.
—Eso ni se pregunta.
Mientras Patricio caminaba hacia la Sombra, frotando con el pulgar la tarjeta que la abría, Alejandro por fin encontró su momento.
Aguantándose el dolor, se acercó a Eloísa.
—Ellie, ¿ya viste? Esto es lo que te cuesta andar de berrinchuda.
—¿No sabes cómo estás de salud? Todavía estás a tiempo de rendirte.
Por fin se le asomó una sonrisa satisfecha. Miró a Eloísa por encima del hombro, con aire de superioridad.
—Esa Fantasma… Carolina también la quiere.
—Eloísa, en Monte Gris hay otra regla del Decreto de la Lámpara Ardiente: alguien puede correr en lugar de otroo.
—Patricio desde el principio no pensaba correr él. Así que aunque vayas a rogarle a Eugenio, no te va a servir de nada.

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