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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 25

No había nada más importante que su hija.

Si la presencia de Pamela Ibarra hacía sentir mal a su niña, por supuesto que iba a poner primero a Kiara.

Pamela se quedó blanca. Apretó los dedos con fuerza.

¿Solo porque no era hija biológica… podían decidir sobre ella como si nada?

Kiara miró las expresiones de sus papás.

Se notaba que no eran como la familia Zúñiga, esa gente fría. Al final, habían convivido veinte años con Pamela.

Kiara no quería regresar a su vida complicándoles todo desde el primer día. Y además… lo que Pamela intentara hacer no le iba a mover el piso.

Negó con la cabeza.

—No me molesta.

Pamela se puso de inmediato una cara conmovida, con los ojos rojos y la voz temblorosa.

—Gracias, Kiara. Yo te voy a cuidar mucho. Tenemos que llevarnos bien, como familia.

A Kiara le dio igual ese show. Solo respondió, fría:

—Ajá.

—Bueno, bueno, ¿qué hacen ahí parados? ¿No que Kiki tenía hambre? —Camilo todavía tenía los ojos rojos, pero la mirada se le había suavizado por completo.

Mientras hablaba, alargó la mano para tomar la mochila de tela de Kiara.

Cuando la levantó, se quedó quieto.

Estaba ligerísima, como si no trajera nada.

Se le apretó el pecho: su hija había salido de la familia Zúñiga sin llevarse ni una cosa.

¿Qué vida había tenido ahí todos esos años?

Entraron a la casa.

Vanesa no soltó la mano de Kiara. Estaba feliz.

—Kiki, hoy cociné yo misma de todo un poco. No sabía qué te gustaba, así que hice varios tipos de comida. Si hay algo que te encante, dime y te lo hago siempre.

En cuanto oyó pasos, se metió de golpe, se acomodó serio en su silla de ruedas y hasta levantó una taza de té que ya estaba fría, fingiendo que la estaba disfrutando con toda calma, como si fuera alguien muy importante.

—Papá, Kiki ya llegó —presentó Vanesa—. Kiki, él es tu abuelo.

Kiara miró al anciano. Había alcanzado a cachar esas miradas furtivas que él creía disimular.

Se le curvó un poco la boca.

—Abuelo.

—Ajá —respondió Regino Ibarra, con aire solemne, dejando la taza despacio—. Qué bueno que volviste.

Se le fue la mirada a la cara de la chica, que parecía haber heredado lo mejor de su hijo y su nuera. En sus cejas y ojos se asomó la satisfacción.

Digna de ser nieta de la familia Ibarra.

Él ya había investigado a Kiara: aunque creció en un lugar sencillo, al entrar a esa casa no mostró nervios, ni sorpresa, ni ganas de quedar bien.

Como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

Y esa seguridad… no se improvisa ni se finge.

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