—“Como quieras” significa que… ustedes no valen ni la pena como para que ella se ensucie las manos.
Le levantó la mano y le dio unas palmaditas en la cara a Tristán.
Una y otra.
No eran fuertes, pero la humillación era clarísima.
—Pero bueno… yo soy el perro fiel número uno de mi Kiara. Si ella no quiere encargarse, yo me encargo por ella.
Tristán, aunque lo estaban pisoteando, todavía tenía que forzar una sonrisa servil.
Y al oírlo, se le hundió el corazón.
Eso fue más impactante que escuchar a Eugenio hablarle a Kiara por su nombre, con esa confianza.
¿Quién era Eugenio?
Un loco famoso dentro de las familias ricas.
De esos que ni frente a alguien como Joaquín se achican.
Si tocaba, se iba a lo bruto.
¿Y alguien así, tan soberbio…
se llamaba a sí mismo “el perro fiel” de Kiara?
Encima, como si fuera un orgullo.
¿Quién era Kiara realmente para haberlo doblado así?
A Tristán se le cayó el alma al piso.
—Ah, y una cosa para que estén tranquilos: nuestra Kiara hace las cosas con cabeza. —Eugenio chasqueó los dedos—. La apuesta en la pista de Monte Gris la perdió la familia Fuentes. Esa indemnización de cien millones se la vamos a cobrar a ellos; lo tuyo es aparte: lo de hoy, el escándalo en la entrada.
Las palabras de Eugenio le levantaron el corazón a Tristán de golpe.
Hasta en los ojos de Benjamín se prendió una alegría incrédula.
¿Eso quería decir que Eugenio sí iba a intervenir para que la familia Fuentes no les aventara encima esa deuda?

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