Benjamín escuchaba el llanto de Catalina y, sin saber por qué, le empezaba a hervir la sangre de fastidio.
Cuando recién la habían traído de vuelta con los Zúñiga, a él sí le había caído bien tener una hermanita así de coqueta y encantadora.
Incluso pensaba que, aunque su hermana biológica hubiera crecido lejos, seguía siendo lista, alegre y fácil de querer.
Era evidente: buenos genes de los Zúñiga.
Normalmente, verla hacerle ojitos, pegarse a él y, cuando algo la lastimaba, ir a buscarlo llorando para que la defendiera… le daba esa sensación de superioridad de “hermano mayor” que tanto le gustaba.
Pero ahora…
La familia Zúñiga ya estaba contra las cuerdas.
Lo que tocaba era buscar cómo salir del hoyo, no ponerse a llorar como si eso arreglara algo.
Si fuera Kiara…
Aunque cuando Kiara vivía con los Zúñiga siempre se veía insegura, chiquita, como si nunca diera el ancho…
Kiara jamás se ponía a llorarle así en la cara.
—Ya, Samuel, bájale —soltó, sin poder aguantar más, interrumpiendo el lloriqueo de Catalina. En la voz se le notaba el cansancio—. Cata, tú también… decir eso ahorita no sirve de nada. Aunque te fueras, Kiara no va a volver con los Zúñiga.
—Y ya no vuelvas a decirlo. Si mis papás te oyen, les va a doler peor.
La carita de Catalina, a punto de romper en llanto, se le endureció de golpe. Se le cortó el llanto en seco.
Con los ojos llenos de lágrimas, se quedó viendo a Benjamín, pasmada.
¿Benjamín… estaba diciendo que ella era peor que Kiara?
—Sí, sí, Cata, ya no llores. Nos duele verte así —dijo Samuel, como presumiendo. Metió la mano al bolsillo, sacó una cajita fina y se la puso enfrente—. Mira lo que te traje. ¿A poco no es una sorpresa?
Catalina la abrió y adentro había un collar de marca, brillante.
Los ojos se le iluminaron al instante. Se le fue el llanto como si nada y se le aventó al cuello a Samuel, abrazándolo.
—¡Es el collar que más me gusta! Samuel, ¿cómo lo conseguiste?
Samuel la recibió de lleno y por fin se le fue aflojando ese nudo que traía en el pecho.

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