Se puso pálida del susto, se encogió y escondió la cara en el pecho de Samuel.
Se notaba que estaba bien espantada.
Tristán frunció más el ceño al verla así, pegada a su hermano, con ese aire dependiente y sin carácter.
Y sin querer, la comparó con la Kiara que había visto anoche.
—¡Papá, asustaste a Cata! —Samuel la cubrió con los brazos, molesto, y lo encaró con el ceño fruncido—. Y lo que le hiciste a mi mamá… te pasaste. ¿Cómo pudiste tratarla así? ¡Mira nada más cómo la dejaste!
A Tristán le dolió todavía más la cabeza, como si le quemara por dentro.
Las sienes le palpitaban.
Miró a Samuel —un chamaco que solo metía la pata, sin cabeza y sin una pizca de responsabilidad— y sintió un fastidio insoportable.
Se apretó el puente de la nariz y, con la voz ronca, gritó:
—¡Idiota! ¿Crees que esos juniors son unos santos? Si no hacía eso, si no empujaba a tu mamá al frente, ahorita ya nos habrían roto las piernas y nos habrían tirado al mar para que nos comieran los peces.
—Si vas a culpar a alguien, culpa a tu mamá por mensa. En un lugar así, y todavía queriendo hacerse la valiente con la boca… ¿qué esperaba, que no le metieran una paliza?
Entre más hablaba, más le punzaba la cabeza.
—P-pero… tampoco fue culpa nuestra —Samuel se atragantó, pero siguió terco, levantando la barbilla—. ¡Todo fue por culpa de esa Kiara, la muy…! Anda de coqueta con esa cara y luego los azuza…
—¡Cállate! —Tristán lo fulminó con la mirada y lo cortó de un grito.
El grito lo dejó todavía más inestable; se tambaleó, con la vista pesada, a nada de caerse.

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