Se fueron todos en bola.
Y lo único que quedó fue ese contrato de cien millones, como un golpe directo a la cara de Tristán.
Tristán vio cómo se alejaban, y sintió que el mundo le daba vueltas.
Se le nubló la vista.
Luego se fue de espaldas, tieso, y cayó.
Alcanzó a oír a alguien llamarlo… y se le apagó todo.
No supo cuánto tiempo pasó.
Despertó con un dolor de cabeza brutal.
Abrió los ojos y vio un techo conocido.
Estaba en su recámara.
Tenía la garganta ardiendo, seca y dolorosa.
—Agua… agua…
La voz le salió ronca, apenas un soplido, tan débil que ni él se escuchaba bien.
La habitación estaba vacía.
Nadie contestó.
¿Se había desmayado y aun así nadie se quedó a cuidarlo?
Tristán se enojó tanto que el pecho se le subía y bajaba con fuerza. La garganta le ardía y le picaba, y empezó a toser sin control.
Cada tos le jalaba la garganta como si le pasaran una navaja.
A duras penas se incorporó.
Apenas logró bajarse de la cama cuando le pegó un mareo tremendo.
Se tocó la frente: estaba hirviendo.
Tenía fiebre, clarito.
El coraje le subió de golpe y lo hizo toser peor.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste