Samuel le sujetó la mano para que no se lo quitara.
—Ya lo compré. ¿Devolver qué? ¿Y mi orgullo qué? Yo, Samuel, lo que regalo no lo ando regresando.
Si iba a devolverlo, en su círculo se iban a burlar de él.
¿Él, el “joven Zúñiga”, devolviendo un collar de más de cien mil?
Aunque la familia Zúñiga estuviera como estuviera…
Los demás no tenían por qué enterarse.
Él quería quedar bien.
—¿Orgullo? —Tristán se rio, pero de coraje. Agarró otro cojín y se lo aventó a la cara—. ¡La familia Zúñiga está a nada de quebrar y ya nos van a traer de tapete! ¿Y tú me sales con “orgullo”? ¿Cuál orgullo, carajo?
Después de gritar, se le nubló la vista. Se recargó en el sillón, jadeando.
Del coraje, la cabeza le tronaba.
Se apretó las sienes con fuerza; toda la cara se le hizo un nudo.
Y, medio aturdido, se acordó de antes…
Por el estrés y las desveladas, cuando la presión se le subía, le daban dolores de cabeza horribles.
Y desde que Kiara llegó de ese pueblito…
Cada vez que él se sentía así, esa muchachita tímida le llevaba en silencio su remedio al estudio.
Y con las manos —justo con la presión correcta— le masajeaba la cabeza…
Como que desde que Kiara vivía con los Zúñiga…
hacía muchísimo que no le daban esos dolores.
Ahora que Kiara se fue, le regresó el mal.
Y encima nadie lo pelaba.
Mientras más lo pensaba, más se le amontonaba la irritación.
—Ve… ve por tu mamá. Que baje. —Tosió varias veces.
Samuel hizo una mueca.
—Pero si la dejaste toda golpeada… apenas se acababa de dormir y ya la quieres levantar…
—¡Que vayas! —Tristán abrió los ojos y dio un manotazo al sillón, furioso.

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