Vanesa estaba feliz: el cuarto que había arreglado con tanto cuidado, y la ropa que eligió una por una, le habían encantado a su niña.
Era esa conexión silenciosa que a veces existe entre mamá e hija.
Vanesa sacó varias prendas del clóset y se las fue midiendo por encima a Kiara, mientras decía:
—Mira nada más… cada conjunto que diseñó YB parece hecho a tu medida.
Luego añadió:
—Entre mañana y pasado van a llegar más tandas. Tú dime qué estilo te gusta y yo me encargo.
Kiara se quedó pasmada.
¿Todavía más?
¿Van a vaciarle la bodega completa a YB o qué?
—Gracias, mamá, pero ya con esto está bien —se apuró a decir—. Soy una sola, no me voy a poder poner tanto.
—¿Cómo que no? —Vanesa le tomó la cara entre las manos, mirándola de un lado y del otro, fascinada—. Con lo bonita que estás, eres de esas personas a las que todo les queda. Tienes que verte preciosa… ¡aunque te cambies diez veces al día!
Kiara sintió el calor de esas manos en sus mejillas y, tan cerca, esa cara llena de cariño.
Su expresión se suavizó y se le dibujó una sonrisa.
Desde la puerta, Pamela espiaba. Vio la pared llena de artículos de lujo, vio a Vanesa jalando a Kiara, con esa cara de felicidad y satisfacción, presentándole cada cosa como si fuera un tesoro.
Esa escena de “mamá e hija”, tan cálida y cercana, le ardió en los ojos.
Los celos se le desbordaron por dentro.
Y justo en ese momento, Kiara pareció notar su mirada: le echó un vistazo rápido, indiferente, y enseguida apartó los ojos para seguir platicando con Vanesa, como si nada.
Esa actitud, como si fuera lo más normal del mundo recibir todo eso, hizo que Pamela sintiera que… Kiara se lo estaba restregando.
Sin disimulo. Directo.
Vanesa se quedó un buen rato en el cuarto, jalando a Kiara de la mano y hablando con ella. Se moría por llenar, de golpe, el vacío de veinte años.
Pero se acordó de que, de camino, su hija todavía había pasado por el Hospital San Juan de Dios y había estado dos horas en una cirugía.
Así que se contuvo y la dejó descansar un rato.
Al fin y al cabo, su niña ya estaba con ella. No había prisa.
Cuando Vanesa se fue, todavía a disgusto, Kiara se levantó, tomó su mochila de lona y la dejó sobre el escritorio.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste