Y al pensar en los Zúñiga, Kiara también pensó en los Ibarra.
¿A ellos… les molestaría que ella fuera quien era?
Sus pestañas largas temblaron apenas.
Fueron solo unos segundos de silencio.
Luego, en sus ojos volvió esa frialdad habitual, y sus dedos teclearon despacio.
La Muerte Viviente: [Ajá.]
Su mensaje hizo que el grupo explotara otra vez.
Las notificaciones se amontonaron como si fueran una lluvia de mensajes.
Igual que hace cuatro años.
En los ojos de Kiara brilló un destello leve.
Se le curvó la boca, y justo cuando iba a escribir…
Vio un alias que conocía demasiado bien.
Escorpión: [¿Qué? ¿Ya no vas a jugar a ser “normal”?]
Y por ese mensaje, el grupo se quedó helado de golpe.
Escorpión: [Porque una “persona normal” no entra a la intranet de Sector 7.]
La burla se sentía incluso a través de la pantalla.
Kiara no se enojó; al contrario, soltó una risita. Sus labios rojos se arquearon más.
La Muerte Viviente: [La neta, ser normal está bien aburrido.]
Escorpión: [¿Entonces como te aburres ya te acordaste de nosotros?]
La Muerte Viviente: [¿No puedo?]
La otra persona respondió al instante… y luego se quedó callada más de diez segundos.
Hasta que, como apretando los dientes, escribió:
Escorpión: [Cuatro años en Solarenia y lo único que aprendiste fue a tener la cara más dura, ¿o qué?]
La Muerte Viviente: [Sí los extrañé.]
Otra pausa de varios segundos.
Escorpión: [¡Pinche mujer, neta te debo algo o qué!]
Escorpión: [¡Tú espérate!]
Escorpión: [Ahorita vuelo a Solarenia. Y si te me pelaste, te juro que te voy a arrancar la piel.]
Tres líneas seguidas, casi al mismo tiempo.
Kiara alzó un poco la mirada, divertida.
Kiara se recargó con flojera en el respaldo, dejando caer las piernas con toda calma.
—¿Qué necesitas?
—Nada grave —dijo Eugenio—. Me enteré de que por fin dejaste a esa bola de pendejos de los Zúñiga y vine a decirte: qué chingón, bien hecho.
Se acercó al celular, sonriendo.
—Oye, ¿y si te vienes a vivir a mi casa? Mi jefe ya preguntó por ti varias veces. Además, mi familia es de las tres más pesadas de Clarosol; aquí vivirías mejor que con los Zúñiga. Y, mínimo, no tendrías que aguantar a una pinche zorra metiche.
Al decir eso, puso cara de asco.
—Esos idiotas están ciegos: tratan a esa vieja como si fuera oro. Ya verás cómo se arrepienten.
—No —respondió Kiara, con la mirada fría—. Me regresé con mis papás biológicos.
—¡¿Tus papás biológicos?! —Eugenio se levantó de golpe; su cara se acercó tanto que casi llenó la pantalla. Tenía los ojos bien abiertos—. ¿Otra vez llegué tarde?
Él había querido aprovechar que Kiara salió de los Zúñiga para llevársela a su casa.
Y su plan se le cayó en un segundo.
Eugenio estaba que se lo llevaba la fregada, haciendo berrinche… cuando de pronto su mirada se fue a un rincón detrás de ella, y se quedó helado.
Aspiró aire con fuerza.
—¡No manches! Kiara… ¿estás en tu casa?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste