Tristán ni alcanzó a estirar la mano cuando Dana alzó la barbilla, altanera, y le arrebató la invitación al guardia.
Con sus tacones, entró por el filtro de seguridad como gallo ganador.
—Pinches ciegos. Abran bien los ojos y grábenselo: “Grupo Zúñiga”. ¡Y acuérdense de estas caras! ¡La próxima vez, me tratan con respeto!
Los guardias se quedaron callados.
De verdad no entendían de dónde habían sacado esa invitación.
Los invitados que iban y venían eran puros millonarios y gente pesada, famosa en todo el mundo.
Y era la primera vez que se topaban con alguien tan grosero.
Parecía actitud de nuevo rico.
No… ni eso.
La señorita Ibarra había dicho que ese collar de perlas tan exagerado era de esos de “treinta pesos” comprado en internet.
—Ya, cállate y entra —Tristán empujó a Dana y siguió caminando—. Allá adentro, cualquiera de los que están no los podemos ofender. Ni se te ocurra armarla. Si se hunde la familia Zúñiga, tu familia Núñez tampoco se salva.
Tristán la rebasó y se fue al frente.
Dana, regañada una y otra vez, apretó la mandíbula del coraje.
¿Y todavía se atrevía a menospreciar a la familia Núñez?
Todo el outfit de hoy lo pagó la familia Núñez.
Si Tristán no fuera tan inútil y ella pudiera sacarle más dinero a su lado, no habría tenido que comprar por internet esas cosas chafas para ponérselas.
Ella misma había comparado lo falso con lo verdadero: si nadie lo tocaba, a simple vista se veía igual.
¿Y cómo demonios Kiara lo notó?
Mientras más lo pensaba, más se le apachurraba el ánimo.

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