Catalina traía el celular en la mano, con la pantalla encendida: estaba en la pantalla de grabación.
Kiara clavó la vista en el teléfono.
Catalina reaccionó y lo apagó de volada, pero enseguida levantó la barbilla.
—¿Y qué si te grabé? Si tú te atreves a hacer esos tratos asquerosos con un viejo, ¿yo por qué no?
Había visto a Kiara irse con un anciano y se quedó con la espina. Quería saber qué clase de “trato sucio” estaba haciendo.
Por eso se inventó un pretexto y se escapó.
Quería grabar a Kiara en plena transa.
Pero no encontró nada.
La mirada de Kiara, fría, se posó en la cara de Catalina: aunque traía una capa de maquillaje, no podía tapar la hinchazón de media cara.
Con un lado inflado, su rostro se veía disparejo… hasta ridículo.
Kiara dibujó una sonrisa apenas, cargada de burla.
—¿Qué? ¿Sientes que te quedó chueca la hinchazón y quieres que te complete el otro lado para que se te vea parejo?
Catalina se tapó la cara por reflejo.
Todavía le dolía; sentía hasta los dientes flojos.
Le dio vergüenza y coraje. Miró a Kiara con los ojos encendidos.
Pero enseguida jaló una sonrisa torcida.
—Kiara, yo sé que tú pegas duro. ¿A poco crees que soy tan estúpida como para venir sola a que me pegues?
¡Paf!
En cuanto terminó la frase, la cachetada de Kiara le cayó otra vez en la misma mejilla ya hinchada.
—¿Y no lo eres?
Le quedó polvo en la mano.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste